León

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A estas alturas de noviembre y de desempleo no hace falta recordar que son mortales los que las urnas enviaron a la eternidad y los que facturaron a la gloria del poder. Aquí queda el resto. Anclado en el día a día, desengañado de lo que va a poder ser después de recontar durante décadas que parecen siglos lo que iba a tener esta tierra de lágrimas y tribulaciones.

Para ver gente joven con deneí leonés hay que citarse en la avenida de Sáenz de Miera un domingo cualquiera a esa hora del anochecer temprano del invierno, en la que parten autobuses llenos de ilusiones de 20 años hacia ciudades donde se puede fraguar el futuro que aquí no es ni anhelo; no se busque en otro sitio esa parte de la pirámide poblacional, cada vez más castigada por la falta de recursos y perspectivas. Así brota año tras año el desencanto en León, que a base de repetir como el catarro y la gripe ha cronificado en el adeene de la gente; el joven que huye es una parte inherente a esta tierra, igual que el fado en Lisboa o el tango en los barrios porteños.

Las urnas ya dejaron de ser hace tiempo una posibilidad de auxilio, una salida a la azotea, un vistazo de aire puro. Aquí, desde que reinaba Martín Villa se cuentan las mismas fábulas y se sufren los mismos cuentos. El programa electoral que valía hasta el domingo era un refrito de la época en la que González probaba con nocturnidad el traje de pana y Aznar hacía pinitos de ensayista político en Logroño.

De ahí el carácter desconfiando que enseñan los leoneses cuando se cruzan con un político por la calle, como el del gato escaldado, no vaya a ser que le vuelvan a clavar la misma falacia que fue ripio en los años 90.

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La política no ha sido capaz de cambiar la línea del horizonte, ni la cola del paro, ni sujetar la sangría de chavales a los que no queda otra salida que la estación de tren y de autobús; ni los problemas de los que se quedan atados por las obligaciones, orientados por el proverbio chino que aconseja no mover la tienda después de que la edad supera el número de pie. Han pasado elecciones, urnas y campañas; han ido y vuelto los profetas. Y ahí siguen las cuencas mineras sin lunes ni sol; los polígonos sin industrias; los pueblos sin gente; la León-Valladolid quevaA-60 . En cuatro años volverá el circo de tres pistas. A ver qué queda. Los embalses, acaso llenos; y corzos y jabalíes, con la brucelosis.