Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Algunas conmemoraciones están conectadas por sutiles túneles. En el 2012 conmemoraremos el nacimiento de Charles Dickens y el de Ramón Carnicer. Cojamos una candela e iluminemos zonas del territorio espiritual compartido. En 1962, Carnicer recorrió Cabrera con un espejo dickensiano. Y lo reflejado lo plasmaría en Donde las Hurdes se llaman Cabrera , en cuyas páginas hizo compatible denuncia con compasión, dos improntas dickensianas. El inglés contribuyó a concienciar sobre las injusticias sociales de su tiempo, el villafranquino también lo logró, muy especialmente con dicha obra, pues con la repercusión obtenida ayudó, pese al inicial rasgado de vestiduras, a que esta tierra leonesa saliese de la edad oscura en la que se hallaba inmersa. Sigamos. La mujer de don Ramón, Doireann MacDermott, es la autora de una excelente introducción a la primera novela de Dickens: Los papeles póstumos de Club Pickwick. En una conversación telefónica, ella misma me ha revelado otra conexión: ambos escritores tenían un don para describir el físico de sus personajes. Resulta entrañable imaginarse al matrimonio conversando sobre las peripecias de Sam Weller. Ah, Andrés Trapiello, uno de los leoneses que mejor ha reivindicado la categoría literaria de nuestro paisano, escribió una certera introducción a Oliver Twist.

Para muchos, decir Dickens es hablar de los libros con que nos iniciamos en la literatura de calidad. También para muchos, Carnicer es ejemplo del autor independiente frente a los clanes del autobombo, pues diferenció entre literatura e industria editorial, entre logro artístico y éxito de ventas, sin convertirse en juglar de sí mismo, ni lo suyo fue el arte de tú me premias aquí y yo te premio allá. Un gran escritor, una gran conducta. Alonso Carnicer nos recordó que tres palabras resumían el ideario de su padre: «sencillez, claridad y verdad». Puro Dickens.

En el 2012 se cumplirán además cincuenta años del citado recorrido por Cabrera. Todo buen libro te convierte en compañero de viaje de su autor. Y Dickens y Carnicer, tan distintos y tan iguales, consiguieron que camináramos con ellos por el paisaje infinito de la condición humana, allí donde luz y oscuridad comparten posada.

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