León

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No hay mal olor que cien años dure, ni siquiera el de 5.000 toneladas de boñiga. Unas nubes compasivas se han inmolado por nosotros derramando su sangre de agua. «La lluvia en Sevilla es una maravilla» le enseñaba a vocalizar el quisquilloso profesor Higgins a Eliza, en My fair Lady . Y en León tampoco está nada mal, añadimos ahora nosotros. Todos hemos aprendido una gran lección: antes de acusar al nene, al abuelo o al pato Donald, hay que estar seguro. La peste procedía de esas 5.000 toneladas de armas de destrucción masiva, almacenadas en una finca. Desde luego, hay coleccionismo para todos los gustos. Pero la lluvia escuchó nuestras peticiones de socorro, y ha irrumpido como un 7º de caballería. Al parecer, la peste se ha ido por el desagüe. Menos mal, porque temíamos por nuestras cabelleras. El mal tiempo nos ha mostrado su lado bueno y ha ventilado nuestras vidas.

También hemos aprendido que las boñigas de vaca las carga el diablo. Uff. Alegrémonos de que todavía no ha iniciado su actividad el Palacio de Congresos, pues si bien hay culturas en las que tales efluvios están considerados alta perfumería, sutilezas de la antropología olfativa aparte, como dijo el Guerra: «lo que no puede ser, no puede ser, y lo demás es imposible». ¿Y si el cielo no llega a estornudar sobre nosotros? Pues León hubiese derivado en una secuela de «La noche de las boñigas vivientes». Tenía que llover, aunque fuese por piedad. No ha sido a cántaros, como clamaba aquel juglar, ni tampoco una fuerte lluvia justiciera, como demandaba Dylan en su balada, pero han sido cuatro gotas y media muy bien puestas, que a los leoneses nos han salvado de oler a zombi. Gracias, hermana lluvia.

Ven, todo pasa, esto y aquello. Ahora lo importante es que siga lloviendo, pero en su justa medida, más con flema británica que con vehemencia caribeña. No vaya a ser peor el remedio que la enfermedad, y el agua además del insoportable pestazo arrastre también consigo a las vacas, a la vaquera de la Finajosa y al mismísimo conde Olinos que cabalgaba despistadín por estos lares. Sí, nunca mejor dicho el refrán: «Al mal tiempo, buena cara». Claro, que, como somos muy nuestros, nunca llueve a gusto de todos. Ay, señor, señor.

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