Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Yde repente, la vi, en el piano bar del hotel Quindós: una negra desnuda con pinceles en la mano, sobre un fondo matissiano. El día anterior, desde luego, no estaba allí. Sus carnes son de óleo y su piel de lienzo: un cuadro de García Zurdo, firmado en 1961. El reconocido don de Jaime Quindós y de Sira Martín-Granizo para convertir espacios arquitectónicos en atmósferas acogedoras ha vuelto a quedar demostrado, ahora a través de sus hijos. Colocado encima del piano, parece el retrato de una reina africana que añorase un tiempo mejor. La obra ganó un accésit en el concurso que organizaba la dirección general de Plazas y Provincias Africanas. Llamé por teléfono al pintor y le pregunté acerca de la modelo. «No te vayas a creer que posó así, vino con el novio, un guineano de dos metros», me contó con buena memoria y mejor sentido del humor. Mininga Fang es el título, puesto por los africanos. Una madura obra de juventud, de un artista que aún sigue haciéndose preguntas. Y así, coronado por una reina negra, el viejo piano —que ahora rompe su silencio cada viernes— queda convertido en un trono de teclas, habitado por ecos de Chopin y Liszt, pero también de Scott Joplin, Ray Charles, Duke Ellington… Dicen que los pianos suenan incluso cuando están cerrados. Lo creo, ¿acaso los buenos retratos no te siguen mirando mucho después de que tú hayas apartado la mirada de ellos?

En estos días tan aciagos, donde muchos sueños que no debieran derrumbarse se están derrumbando, y a veces con ese gran estrépito que es el silencio, debemos aferrarnos a nuestras convicciones más personales, pues nos recuerdan quiénes somos. Y proclamar en voz alta la belleza de un cuadro o la calidez de rincón diseñado para hacerte sentir mejor. No son logros menores. «Tócala otra vez, Sam», le pedía Rick al pianista, en Casablanca . Y mientras sus dedos se iban deslizando por el teclado cantaba: «Un beso es simplemente un beso/ una mirada es sólo una mirada/ lo esencial es aquello que permanece a medida que el tiempo pasa». En medio de las preocupaciones diarias, de repente, encuentras el milagro de la pintura en su diálogo con la música. Sí, Sam, tócala de nuevo. Mininga Fang te escucha. Y también nosotros.

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