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caballero
León

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La realidad suele ser tan ficticia que basta con colocar bien los puntos suspensivos para darle credibilidad. Lo difícil es creer que la presidenta de la Diputación pague con cargo a la tarjeta de crédito de que dispone su grupo para gastos de representación 179,82 euros por un tratamiento de belleza. Chirría desde el inicio hasta el desenlace. Pero si en medio de la escena aparece el portavoz del PP, Jaime González, para reseñar que la factura se debe a un bolso de 134,46 euros y una camiseta de 45,36 euros, con un comprobante de pago en cada mano, paseados como hacen los toreros con los trofeos, y explica que eran para un regalo a una secretaria de confianza, el relato adquiere cordura. Ya parece otra cosa. Algo normal, que bien se esmeró el diputado berciano en apostillar que lo hacen siempre, en cumpleaños, nacimientos de hijos y fiestas de guardar. Que esta vez se jugaron a los chinos a quién le tocaba comprarlo y perdió Carrasco. Que el dinero público —1.000 euros al mes y 175 por cada uno de los 15 diputados— está para eso...

El gasto en Yowe entra ya en el anecdotario político leonés que inauguró Amilivia con el descuido de su secretaria al cargar a la cuenta del Ayuntamiento un bote de gomina. Un sambenito que se le encaramó a la cabeza, a la vista de todos, por lo mismo que ahora nadie se cree que Carrasco se gastara el dinero en un tratamiento de belleza en la exclusiva tienda del centro, donde igual le descalzan a una las durezas de los pies que le encasquetan un tocado de Ascot. El caso sí que coincide en la tramoya. En ambas ocasiones han sido compañeros del PP quienes han filtrado con sibilina habilidad el reporte de la tarjeta de crédito para mofa pública. Para el escarnio que saca fuera las miserias que se esconden en un patio de vecinos sin ventanas a la calle, donde la disensión encuentra escape por el mismo sitio que explota la bombona de butano, que suma presión al ritmo que la presidenta gana más admiradores que Pepe en el Nou Camp...

El éxito de la operación, que se valorará en el congreso provincial del PP de este verano, tiene que macerar ahora en el caldo de la opinión pública. Pero no se extrañen por ficticio que parezca. Nada más increíble que la realidad. Hagan como un primo mío, que sólo da monedas al transeúnte que tiene palco en el alféizar del BBVA de Santo Domingo, pero con una advertencia: «Para vino, eh, que no te vea yo después con un pincho de tortilla»...

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