Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Cuentan que antaño los hijos, tras cuadrarse ante el padre, preguntaban: «¿Manda usted algo más, oh, mi progenitor bienamado?». Muy antaño hubo de ser. No he conocido dichos tiempos, ni creo que los haya vivido alguien posterior a la invención de la rueda, pero haberlos debió de haberlos. El programa de Prevención Familiar del Ayuntamiento de León inició ayer, con tres colegios y sus respectivas ampas, un curso destinado a los padres, para enseñarles a mejorar la obediencia de sus criaturas, sin necesidad de recurrir a llaves de judo. El título promete: «Cómo hacer que me obedezca». Lo lógico hubiese sido dirigirlo a los retoños y titularlo: «Cómo puedes obedecer». La pedagogía puede lograr maravillas pero aún no hace milagros. No ha nacido el progenitor que le ordene a Luis Genaro, dieciséis años y dos pendientes, además de tatuaje secreto en la nalga derecha, que vaya a un cursillo para que lo domen. Y es que, admitámoslo, los hijos se dividen en domesticables e indomesticables. Le dices: «¡Luis Genaro, a comer!», y te contesta desde el cuarto: «Espera». Y como en el bolero, dicho «espera» tiende al infinito un poco, un poquito más. Lo ideal sería que naciesen con la adolescencia ya cumplida, la oposición aprobada y con novia formal. He oído que la ingeniería genética está en ello, pero no termina de dar el eureka. El que espera, desespera. Alguna lectora podría esgrimir: «Vale, que nazcan ya creciditos, pero los dais a luz vosotros». Ahí nos han dado.

Obedecer cuesta sudores, pero mandar es antinatural, y ambas acciones deben ser desempeñadas con majestad. Por ello, para los padres romanos el principio de auctoritas implicaba una preeminencia moral. Cuando alguien se jacta de tener dotes innatas de mando enseguida leo su letra pequeña y busco efectos secundarios, pues suele haberlos.

El mando paterno no es derecho, sino deber. Y la obediencia filial, cuando no cae en la mera genuflexión sin análisis, refleja bondad inteligente. Y sí, lástima que no nazcamos con ciertos saberes vitales ya aprendidos. Porque siempre comprendes a tus progenitores cuando ya no están y no puedes obedecerles, aunque quisieras. Y ésta sí que es la lección más vieja del mundo. Y quizá la más triste.

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