Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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La manifestación contra la reforma laboral fue en León un éxito. En esta tierra cuesta que te vaya la gente a algo, salvo que la convoques en Patatas Blas y seas tú quien invite. Días antes, el responsable de CC.OO. había proclamado: «los traficantes de esclavos eran más dignos que los empresarios de la Fele». ¡Uff! Desde los tiempos del alcalde comunista Peppone y el sacerdote don Camilo, los personajes creados por Guareschi, no habíamos conocido tan dinamitero verbo como el de Ignacio Fernández. Es lo que tiene el espíritu de superación dialéctica, que siempre has de dar un triple mortal sobre tus anteriores proclamas, y con lo de la «hecatombe 2012» se había puesto el listón muy alto. La crisis además de hacernos recuperar del armario la vieja chaqueta de pana, esa que ya dábamos por jubilada, está llevando a algunos a desenterrar herrumbrosas lanzas. Pero no parece justo demonizar al empresariado en bloque. En este sector, negreros haylos, y tienen nombre y apellidos, ellos y sus empresas, pero no deben hacerse generalizaciones, pues al hacerlas se diluye tanto el efecto crítico como la verdad. En cambio, sí acierta cuando afirma que «siempre son los más humildes quienes tienen que pagar». A estos no los libera nadie, ni siquiera un sindicato. Lo malo es que la crisis va a convertirnos a todos en humildes forzosos. Y la humildad a la fuerza ya no es virtud. «Mira, Fulano, qué humilde, va con una hoja de parra por Ordoño». Pues no, eso ya no es humildad, sino a la fuerza ahorcan.

No son los empresarios quienes han noqueado nuestra economía; aunque sí haya algunos que han contribuido a precipitarla por el abismo, en compadreo con ciertos políticos e instituciones. Tampoco los trabajadores son los culpables. La generalización es siempre la enemiga de la ecuanimidad. Por supuesto, también es injusto hacerlas contra la labor del sindicalismo, con una historia detrás respetable y heroica.

Vienen tiempos convulsos, que exigirán líderes sindicales decididos pero responsables. Y ayudará mucho al necesario diálogo evitar las descalificaciones desproporcionadas. Porque si llamas «traficantes de esclavos» a todos los empresarios ¿cómo puedes pretender que después se quieran sentar contigo?

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