CRÓNICAS BERCIANAS
Fusión rural
E s posible, pero sigue resultando improbable. Es lo que destila pese a todo la fusión que se acaba de anunciar después de cuarenta años en la comunidad gallega entre los pequeños municipios de Cesuras y Oza dos Ríos —al ladito mismo de Betanzos— siempre con la mira puesta sobre un proceso gemelo en los ayuntamientos comarcanos. Aquí se lleva años cacareando y el nivel del cacareo alcanza ahora con la crisis todos los decibelios posibles. Quizás sea más razonable que nunca. Pero la vacuidad de las arcas de los consistorios parece antojarse todavía un argumento liviano frente al peso de los personalismos de ciertos ediles, el natural prurito identitario de muchas poblaciones, y lo peor, el interés económico ligado al mantenimiento de estructuras de servicios de las que siguen mamando unos cuantos.
Con todo, la comarca debiera ser un laboratorio estupendo para ensayar la nueva fusión municipal. Aunque antes y como paso ineludible lo primero que habría que afrontar es una consulta directa y urgente con cada uno de los regidores que realmente mostraran voluntad de ir adelante con el experimento. Y aún así, alguna entidad supramunicipial, que para ello se ofrecería por una vez como esencialmente útil y cercana el Consejo del Bierzo, debería diagnosticar dónde realmente sería factible una unión rural sin soslayar factores de compatibilidad geográfica, incluso humana y por supuesto económica y por consiguiente de prestación eficaz de servicios para todos los administrados. Lejos de esa auditoría primigenia de voluntades uno lo que está harto ya es de escuchar la tabarra de los adalides de la fusión y a quienes remolonean entre lo políticamente correcto y las pocas ganas de perder supuestas cuotitas de poder o influencia. En ambos casos, casi con la misma intensidad de demagogia.
Desde luego este y no otro es el momento histórico de afrontar las fusiones entre ayuntamientos. Pero nunca de modo fundamentalista. Sin tener en cuenta la posición a la que se verían relegados vecinos de territorios sumamente envejecidos respecto a cabeceras relativamente distantes o aprovechando el ahorro ejemplar de algunos pequeños consistorios para enjugar el despilfarro en la gestión de algunos de los considerados grandes. La Junta, bajo esos criterios, debería ofrecer estímulos específicos para los fusionados. Pero no parece que su fórmula de los distritos sea el mejor incentivo.