LA GAVETA
Bella y sentimental
Vivíamos en la Puebla y aquello era muy feo. Una barriada vasta, humilde y destartalada que olía a salazón y a lucha por la vida. Pero incluso entonces la Puebla tenía una zona que nos gustaba, aunque no fuera bonita: la estación de Villablino. Nunca nos cansábamos de ver las locomotoras, su humo blanco. Los vagones de madera, las mimosas bordeando el andén y aquella gente que se bajaba del convoy de Villablino, con cara de venir de muy lejos.
La Puebla era vulgar y provinciana pero un día descubrimos que al otro lado de la montaña de carbón había un poblado que parecía propio de un país rico y silencioso. Con sus calles rectas, sus árboles y jardines, su iglesia de cuento, su plaza de cualquier burgo mediano de Francia. Conocer Compostilla fue saber que la ciudad no solo era el enjambre gris de los almacenes y los camiones, las tascas y los viajeros de los trenes comarcales. También había una Ponferrada con estadio y piscinas, con bulevares.
Esa primera emoción estética al estrenar la adolescencia, se completó con otra, más intensa y raigal, al estrenar la juventud. Fue cuando comenzamos a frecuentar la zona alta de la ciudad. La conocíamos, naturalmente, pero nos faltaba verla de otro modo. Supimos entonces, entre muchas ilusiones y algún sueño esquivo, que la ciudadela tenía su encanto. Su verdad, su ritmo y su hondura. Supimos que el suceso mayor de la urbe no era la minería ni la electricidad, sino aquellas calles líricas y tan bercianas. Porque Ponferrada no es algo diferente del Bierzo. Ni siquiera un poco.
Pasaron muchos años y la ciudad emprendió su mayor revolución. La democracia fue tallando el milagro y lo antiestético se volvió hermoso. Los tres alcaldes de la libertad transformaron por completo el discurso de aquella ciudad que había sido rehén de demasiados tópicos fabriles. Ponferrada se volvió europea. Una polis nueva y respetuosa, con sus parques y jardines, sus edificios sociales y cívicos. Poblada por personas que sienten un orgullo muy justificado. Que saben muy bien lo que ha costado todo. El esfuerzo y el frío, el ahorro y la lucha. Urbe moderna pero que mira al pasado para saber quién es y, sobre todo, para saber a dónde va. Y eso no se puede hacer sin el pensamiento y la creación; sin la cultura. Por eso es una gran noticia la aparición de un libro vasto y revelador, excepcional desde todo punto de vista, editado por la Fundación Pedro Álvarez Osorio. Un libro para excavar en lo que somos, para fortalecer nuestra vocación universalista.
Es el libro del profesor Vicente Fernández Vázquez y se titula Ponferrada artística y monumental. Libro esencialmente cultural porque la nuestra, como toda ciudad, es memoria, imaginación y palabra.