LA LIEBRE
Calabobos
Se cuaja de yemas este invierno que quiso ser primavera. Brotan los frutos modorros condenados a frustrarse en las cortezas heladas de marzo, perdidos por el ansia del tempero de abril, huérfanos de la popularidad de mayo, ignorantes del creciente de junio. Pero empieza a llover, con esa mansedumbre a la que se abandonan las bestias después de la tormenta, y cunde una sensación de orden en la que encajan las cosas. Un estremecimiento en el que se acomodan las promesas. Una oración en la que confiar para que este año nos espere el verano en la esquina de San Juan. Una estación en la que guarecerse hasta que escampe. Quizá, quién sabe, cuando vengan tiempos mejores…
Ese sentimiento idiota recorre la provincia como un virus. Cunde el conformismo asentado en el convencimiento de que todo es dado. Cala la resignación con cada anuncio, un día detrás de otro. Se adelanta que habrá que replantear el proyecto de la integración del AVE en la capital leonesa, lo que quiere decir que piensan en volver al soterramiento rácano de los 450 metros que pensó Cascos para salvar el expediente; se descarta la reforma del Hostal de San Marcos, cuyos ingresos han tirado del resto de la cadena durante años de dispendios; se abandona la construcción del parador de Villablino, que todos los partidos vendieron como paradigma de la reconversión del carbón; se emplazan los fondos mineros para cuando no haya más remedio que pagar a una cuadrilla de desescombro que cierre las cuencas…
Una esperanza de frutos que, apenas descollaron, se los ha llevado la helada de la crisis, la necesidad de los recortes, la invitación a la austeridad, la falta de dinero. La cantinela que convierten en coartada, sin ni siquiera ponerse rojos, los mismos portavoces del PP leonés que en elecciones prometieron el mantenimiento de los proyectos iniciados. Discursos en los que se enmascara que, mientras tanto, en la trastienda de las comisiones y los fondos de reptiles, se reservan millones de euros para ejecutar la línea eléctrica de alta tensión Sama-Velilla, que ahorcará la última oportunidad de desarrollo de la montaña leonesa y sus habitantes.
Bajan las temperaturas. Vendrán vientos para barrer de norte lo poco que queda en el surco. Y una lluvia discreta, incesante, mortecina, que aquí llamamos calabobos.