Diario de León
Publicado por
J. A. GUNDÍN
León

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El recuento de las facturas que los ayuntamientos guardaban en el cajón, tal vez con la vana esperanza de que se las comieran los ratones, ha aflorado un espectáculo dantesco, algo así como la documentación forense de miles de empresas que han muerto de inanición. Toneladas de papel con la caligrafía elemental de sumas y porcentajes, de IVAs y de condiciones de pago, con ruegos a pie de página. Facturas, en suma, que encerraban mensajes de socorro dentro de una botella, tan incierto era su destino. Ahora, todas esas botellas han llegado a la orilla como náufragos en busca de oxígeno. La playa está a reventar. En expresión elocuente de Cristina López, la alcaldesa de Valderas, «esto es un infierno». Así es, un infierno en cuyas llamas deberían abrasar sus culpas los alcaldes irresponsables y morosos, los munícipes indignos de representar a sus vecinos y los ediles que han jugado con el pan de los trabajadores, autónomos y de pequeñas empresas. Ignoro si han sido más culpables los alcaldes del PSOE o los del PP. Tampoco me interesa mucho saberlo, porque administrar bien el dinero de los convecinos y pagar religiosamente a quien ha cumplido con su trabajo no es una cuestión de ideología o de partido, sino de dignidad política y de decencia personal. Pero precisamente por eso, porque no todos los alcaldes ni todos los políticos son iguales, es de justicia poner en la picota aquellos casos más sobresalientes de despilfarro e irresponsabilidad. Sin salir de nuestra provincia, observamos tres casos sonrojantes de deudas heredadas: León capital (140 millones), San Andrés de Rabanedo (50 millones) y Cacabelos (4,7 millones). Cifras tan escandalosas y desmesuradas sobre las que algo deberían decir los tribunales, al margen de que las urnas ya hayan hablado. En el otro extremo, en el de los alcaldes serios y cumplidores, hay que anotar a los de Valderas, Pola de Gordón, Sahagún y Ponferrada. Que una gran ciudad como la capital del Bierzo haya sujetado las riendas de la deuda en unos límites razonables es el mejor aval que en estos tiempos de incertidumbre puede exhibir su alcalde, Carlos López Riesco. A la gente de fiar se le ve de lejos. A los otros, lo que hay que hacer con ellos es empapelarlos con las facturas que no pagaron.

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