AL TRASLUZ
Todo por la sidra
La madre de la osezna Jimena no ha sido localizada y, por tanto, ésta tendrá que ser preparada para una progresiva reinserción en la vida silvestre, siempre bajo supervisión humana, o vivir en blandurrio cautiverio, sin otra actividad que leer The Financial Times o bajar a comprar tabaco. Más zarpazos da la economía, argumentará alguno. Pues sí. Hay días en los hubiéramos preferido nacer plantígrado, geranio o guijarro. A ver si en la próxima reencarnación.
Ah, la condición humana. Pudimos ser la repera, pero a nuestros primeros padres les dio por inventar la sidra asturiana, y ya nada volvió a ser lo mismo. En el Paraíso, Adán y Eva eran políglotas y sabían por ciencia infusa el lenguaje de los animales, alternaban con todos ellos y compartían los servicios comunes, incluidos los urinarios y la piscina climatizada. Pero tras lo de la dichosa manzana, humanos y bestias dejamos de coincidir en los mismos lugares, salvo en los atascos y en algunos partidos, tanto de fútbol como de los otros (los neonazis han logrado no pocos escaños en Grecia). Una pena, teníamos mucho en común.
La vida de Jimena se convertirá en una versión de El Libro de la Selva , pero al revés. «Me cambio por ella», propondrá el autónomo que ha de sobrevivir cada mes en la dura jungla del asfalto. Pues sí, más fiera es la crisis, y no es domesticable. Además, los seres humanos no somos malos, sino algo defectuosos. Ha de haber compañías mucho peores que la nuestra, aunque sea en otras galaxias. Por cierto, a nuestro infante Sancho lo mató un oso en Cañamero, pero fue en defensa propia, al animalín esa tarde no le apetecía ser convertido en trofeo de caza; ahora, como en el Medievo, masoquismos los justos.
El paraíso perdido no era esa mal llamada sociedad del bienestar, recientemente finiquitada, sino aquel otro donde quedó para siempre lo que pudimos ser y no fuimos, cuando humanos y animales nos alimentábamos juntos del menú del día en El Jardín del Edén, sin necesidad de zamparnos los unos a los otros, en estresante competencia por darle la razón a Darwin. Y todo lo escrito aquí, y más que me guardo, ocurrió por inventar la sidra. Ya les podía haber dado a los parientes por el gin tonic.