Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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Hubo una época grande de París y luego todo calló, pero él la vivió. Cronistas de otros tiempos como Vilallonga, que también perteneció modesta pero notoriamente a esa ciudad-mundo, cree que París terminó al morir Pompidou y presidir Valéry Giscard d´Estaing. Alejandro Vargas no lo piensa así: le parece que fue con De Gaulle, con su burguesía mediocre de gaumelle , su renuncia al vitalismo esperanzado y a la poesía de aventuras; el sentido de la grandeza de París entonces ya estaba en el pasado, y Sarkozy no ha hecho sino pisotear las ruinas. La cultura, dice, se resquebrajó allí para pasar a crear y exportar una cultura del desacato…

Escuchar a este pintor leonés es aprender a abrir tus ventanas interiores. Y en eso mismo es ver su obra… Precisamente esta semana acaba de inaugurar en Santa Nonia su última exposición, la cual nos ha sorprendido con numerosos cuadros que en conjunto parecen, como su conversación, algo así como la gradación de la lucidez. La realidad está cifrada en ese compendio, está envuelta en mil capas de sentido, y él nos invita a indagar y rebasar lo obvio mediante cuadros que son luz empastada en horizontes infinitos, paisajes que adensan la pureza de la ruralidad primigenia, bodegones repletos de formas en apariencia equívocas que ahuyentan todo conformismo visual y emocional, y, en general, redes de significación postimpresionista que nos alejan de lo representado para acercarnos a nosotros mismos… Sin embargo la melodía común radica en su personal sutileza gestual unida a una ponderación cromática, algo así como una veladura de esencia, que en mi opinión tiene que ver con el actual escepticismo del autor… Pero nos salva la luz.

En todo cuadro de Alejandro Vargas, como una pincelada de espiritualidad que da acabados gloriosos, hay un punto salvífico, casi pulpa de intensidad, en el que se atisba una gota de luz. Y si no fuera por ese punto su obra tan contenida, tan forjada a base de significaciones acumulativas como los poemas de Rimbaud, nos parecería un blues largo y lento como las noches en vela o las canciones de la Vargas Blues Band, dejándonos en el ánimo la sensación de que ayer se murió Mozart; que se ha ido para pagar al médico… Pero nos queda la luz: ahí están los rostros que emergen de sus cuadros como nosotros mismos sacando la cara del mar de la crisis para respirar… Y sin embargo vemos menos condensación abstracta en esta exposición de Vargas (de hecho ahí está su Cristo Quijotesco, o su Quijote mesiánico con mirada de calvario, para darnos un menos barroco empuje hacia la trasparente, irradiante, belleza).

Eso es la última exposición de nuestro pintor, un bosque y más de mil maneras de perderse, y el oportuno recordatorio de que siempre hay una luz en una lámpara al final del pasillo… Quizá la estrella de Belén, no era una estrella al fin y al cabo.

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