Diario de León
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manuel alcántara
León

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Hasta el toro de Osborne, que se anda por todos por los cerros, se ha desmandado. Al oír la terrible palabra ha dejado de barbear las tablas y ha salido avanto, que dicen los taurinos. El vocablo espantoso es «corralito» y el ministro De Guindos, que quiere que el BCE participe en la valoración del ladrillo de la banca española se ha apresurado en desmentir esa siniestra ocasión. «La posibilidad de que la situación en Grecia provoque un corralito en España es un sinsentido», ha dicho

Ha omitido decir, para no desmoralizarnos más, que muchas cosas carentes de sentido se han vuelto habituales. No es la primera vez que por salvarle la vida a alguien que se está ahogando muere su abnegado salvador, que estaba en la orilla, pero se tiró al agua. El hombre ignoraba que hay que desconfiar del primer impulso, ya que como está demostrado el primer impulso suele ser generoso.

La verdad es que la tragedia griega se está representando en muchos escenarios distantes. Ya quisieran Esquilo, Sófocles y Eurípides, que eran la tripleta central de aquel glorioso equipo teatral con actores enmascarados, haber tenido un público semejante.

Ahora la tragedia griega lo que hace es precipitar la caída de las bolsas y amenazar al euro, que sigue defendido por Merkel y Hollande

A muchos de nosotros lo que nos aterra son dos cosas, sobre todas las demás: que se oiga la palabra corralito y que se desmienta que pueda formar parte de nuestro vocabulario. Casi siempre los desmentidos han venido siendo entre nosotros el prólogo de lo que inexorablemente iba a suceder después, como si un eco maldito se empeñase en llevar la contraria a lo dicho en buena hora.

Mucho más que los recortes de la Junta de Andalucía, —pobre Andalucía «del llanto»— nos preocupa que se hable del corralito. En una sola palabra cabe todo el pánico.

Ya sabemos que la reforma hay que hacerla caiga quien caiga, pero los primeros en caer no deben ser siempre los reformados.

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