Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Ahora que los corzos bajan a abrevar al azud de San Marcos entra la ley del monte en la ciudad. Una ciudad cada vez más entristecida de sí misma, dejada, como el yupi que se tira el domingo en el sofá con la camiseta del viaje de fin de curso del instituto, mientras salta con el mando de un canal a otro para acabar siempre en la teletienda. Un poco como esa vetusta ciudad que retrató Clarín para dar fondo a la Regenta, plagada de fuerzas vivas, prejuicios y condicionantes sociales que han asentado durante años las familias de apellidos ilustres de toda la vida, engarzadas entre sí de forma endogámica como una tesela. Mires donde mires: en cargos públicos, en directivas de clubes deportivos, en asociaciones, en la punta de vara de los tronos de la Semana Santa...

La ciudad es el reflejo de un tiempo en el que el trasvase semántico ha despojado de contenido los logros sociales adquiridos durante décadas. Se habla de empleo y en vez de derecho se le añade al lado privilegio, como hacen los rectores del ayuntamiento, al estilo de los empresarios déspotas que han visto en la crisis un atajo hacia su cuenta de resultados. Se citan servicios sociales y en lugar de compromiso se remite al personal a la cartera de servicios de las firmas privadas que, entre las deudas de las administraciones, encuentran un hueco para hipotecar el futuro de lo público. Se alude a la sanidad y la educación y, lejos de la gratuidad y la universalidad, se acude a la rentabilidad y los criterios de exclusión... Poco a poco, de forma inexorable, dentro de unos años habrá que redefinir la mitad del diccionario para entendernos, si es que todavía interesa para algo. El vacío se nota en las calles a las que no alcanzan las arcas municipales para dar remiendo, en los parques en los que se columpian los jóvenes para que pase el tiempo a ver si pasa algo, en los bancos en los que dormitan los jubilados a los que les han recortado hasta las obras que mirar, en las paredes en las que cuelgan el curriculum los que tienen más sobada la tarjeta del paro que la culera de los vaqueros.

No queda nada en lo que confiar un futuro que vaya más allá de la ruindad política, de la lucha por el poder como fin, de la figuración y las apariencias, del enchufismo y el clientelismo con el que alimentar una nueva generación de esos leoneses de toda la vida. Los dueños de esta ciudad triste que se mira hacia adentro.

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