Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Rápido, corra a verlo, hay un dinosaurio frente al edificio de la Junta, tiene que escribir algo, me cuenta un vecino. Contesto: «¿Algo? Si con un dinosaurio en Eras no logro una enorme columna es que no he sido llamado para este oficio». Pedazo notición, lo llamamos en el gremio. «Con esto de la crisis, hemos vuelto al Mesozoico», deduje de camino. Y allí estaba el animalazo, con sus zarpas de fiera… pero mero reclamo publicitario de un llamativo espectáculo familiar; o sea, de pega y de paga; de haber sido de carne y hueso, aunque sólo fuese por un rato, me sale la madre de todas las columnas. Hace unos días, había leído una noticia a la que estaba deseando hincar el diente, una vez la encontrase la receta local: «Los gases emitidos por los propios dinosaurios provocaron su extinción». Según una investigación científica entre universidades británicas fue el metano emitido por las grandes flatulencias el que provocó el calentamiento global, y, como consecuencia, la desaparición de las grandes tallas. Tal teoría la esgrime uno de letras y lo linchan, pero como la argumentan los de ciencias hay que darla por buena. Los meteoritos no llegaron del exterior, sino del interior; a mí muy de sorpresa no me ha pillado, hice la mili en Artillería. Los auténticos dinosaurios se extinguieron con un harakiri de ventosidades.

Si no muerde, ni puede escalar hasta un pináculo catedralicio, parece que no tiene el mismo gancho. Pues no, también necesitamos soñar. Además, nuestro carbón es mucho más antiguo que los monstruos jurásicos, incluso que el hombre, pues tiene alrededor 300 millones de años. Por ello, el gesto del senador socialista García Blanco entregándole un casco a Rajoy, aunque mediático, resultó un golpe de efecto manido, casi del Cuaternario. «Lo que más me duele es que Rajoy no aparentó respeto», declaró después ¿Y qué pretendía, que se lo pusiera allí mismo y cantase «Soy Minero»?

Sí, el dinosaurio de Eras resulto ser lagarto con plataformas. No importa, iremos a ver esta prehistoria de pega y paga, pues el cuerpo nos pide pasado remoto, además de salvar este presente agónico. Y esto último sólo lo conseguiremos con solidaridad, como esa que siente León con sus mineros.

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