AL TRASLUZ
El insultín
Ah, la oratoria política. En New York ha sido inaugurada una gran exposición sobre la destreza de Churchill en este arte. El primer ministro británico edificaba sus discursos como sólidos edificios victorianos, hasta que un hallazgo genial corría las pesadas cortinas de lo solemne y dejaba entrar la luz del vitalismo: «Sólo tengo para ofreceros sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas», dijo, y el pueblo musitó al unísono: «estamos contigo Winston». Pedro Muñoz, alcalde de Toreno, carece de flema británica, pero sabe hacerse entender y está con los mineros de su tierra. Recientemente, ha hecho en voz alta una pregunta, en referencia al ministro José Manuel Soria, que ha tenido gran repercusión mediática: «¿Quién ha puesto ahí a ese tonto del culo?». Tampoco nos parece que sea como para que el ministro de Industria le rete a duelo. Muñoz ya se ha disculpado por carta, tanto ante Soria como ante el partido al que ambos pertenecen. Parafraseando a Rajoy, con la que está cayendo, más que insulto es insultín, que decimos aquí. «Quizá debí de haberme conformado con solo llamarle carbonicida», ha dicho. No lo arregle más, don Pedro, que terminarán llegando a las manos, y ahí usted juega con ventaja, que ha sido campeón nacional de halterofilia. Algunas palabras son como mancuernas, pero más pesa la crisis.
«No hay dinero», insiste el ministro, como una letanía. Mucho más humano nos parece el registro dialéctico de Muñoz, quien pese a todo, no es un populista ni un faltoso. «Le pido a Dios que acierte usted con sus decisiones. No quiero disculparme sólo por haberle insultado, sino por no haber sabido contener la rabia que me produce no estar seguro de que esté actuando a la altura de mis paisanos», ha argumentado.
Unas vez solicitadas las disculpas, que suponemos aceptadas, cabe otra pregunta ¿Es realmente Soria con sus frases escuetas y sus gestos lacónicos el político adecuado para un conflicto con tantos matices y peculiaridades, económicas y humanas? Tal como soplan los vientos del pueblo, el insultín del alcalde de Toreno puede quedarse muy pronto en mera palabrota de monaguillos. Ni siquiera el gran Churchill, maestro de oradores, hubiese podido ganar la guerra sentado en su despacho.