Diario de León
Publicado por
MIGUEL Á. VARELA
León

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Frente al ruido insufrible de la urgencia actual que abotarga, sumergirse en la frescura alimenticia de los clásicos es un buen método para soportar los calores africanos del primer verano, las lúgubres campanadas de los indicadores económicos, las reclamaciones que nadie leerá, escritas con el sudor negro de trabajadores sin esperanza e incluso los alaridos de la masa embrutecida por el opio futbolero que se pintan la cara como guerreros sioux pero entierran el hacha de guerra entre balidos ripiosos.

Se acaba de reeditar la monumental investigación de Edward Gibbon Decadencia y caída del Imperio Romano , un ensayo del siglo XVIII muy apropiado para entender nuestro presente. Cuenta Gibbon que a la muerte de Augusto, el primer emperador romano, se leyó su testamento en el Senado. Como valiosa herencia, legaba a sus sucesores un consejo: confinar el Imperio dentro de los límites que la naturaleza parecía haberle concedido en aquel momento como fronteras y baluartes permanentes. Con algunas excepciones, los herederos de la corona siguieron el consejo y aunque ello no impidió finalmente su caída, el Imperio consiguió sostenerse en su integridad durante casi quinientos años más.

El sector escénico español, después de 25 años de progresivo acercamiento a los parámetros medios europeos y de conseguir un volumen de público más que notable, está en el momento de seguir el consejo de Augusto, confinando su modesto imperio dentro de unas fronteras permanentes que tendrá que defender con todo el esfuerzo, el más creativo de los ingenios y la mayor habilidad táctica.

Unas fronteras cuyo límite norte tendrá que venir definido por un pacto político que garantice un sector profesionalizado en el que la ocurrencia, la improvisación, el buenismo voluntarista, el localismo y la demagogia populista o electoralista sean inmediatamente desterrados. Al sur debe mantener como máxima que el público es razón de ser del teatro, su recurso estético y económico. La frontera este debe basarse en una defensa, clara pero pragmática, de las artes escénicas como bien público y la oeste exige una intensificación de las complicidades. Decía el guionista Robert Anderson que «en todo matrimonio que ha durado más de una semana existen motivos para el divorcio. La clave consiste en encontrar siempre motivos para el matrimonio».

Ahora más que nunca el sector necesita encontrar motivos para el matrimonio, aunque sea reinventando la gestión como se ha reinventado el propio teatro a lo largo de los últimos 25 siglos. Entre esas fronteras se puede mantener este imperio, infinitamente más pequeño que el legado por el emperador Augusto, pero que, con todas sus debilidades, ha sobrevivido durante muchísimo más tiempo.

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