EL BAILE DEL AHORCADO
Epílogo
El ministro Montoro ha venido a decir que sube el IVA porque todos somos delincuentes, para equilibrar la cosa y tal y que todos nos quedemos en tablas. Supongo que don Cristóbal asumirá el pecado como propio, porque no se puede generalizar sin utilizar la segunda persona del plural. Aunque esta extravagancia del gobierno ya se ha convertido en un hábito —la de cobrar por adelantado— me quedo pasmada ante el ejercicio de camaleonismo de un grupo de personas que han hecho de la necesidad más que vicio. Eso, o que en realidad su doctrina política se basa en aplastar a los ciudadanos, acabar con todo y empezar de cero. Es decir, con ellos en la poltrona y los demás con la cadena atada al cuello. Es el Leviatán de Hobbes pero al revés. Porque aquí no es el ciudadano el que está en guerra contra los demás, no. Lo que ocurre es que el poder que tiene la responsabilidad de frenar al monstruo hobbesiano se ha convertido en el lobo del cuento, y su voracidad es ilimitada. Esto no es ejercer el poder, es opresión.
Abocados a la miseria y desposeídos de los derechos que, recordemos, no se piden, se toman —aunque la mayoría nos hayamos dormido en la placidez de la servidumbre— el gobierno sigue su marcha triunfal: subida del IVA, degradación de la labor funcionarial, eliminación de las ayudas a la dependencia, reducción de la prestación por desempleo... ¿Qué nos queda cuando hemos perdido la dignidad? Se me olvidaba que tienen la decencia de reducir un 30% el número de concejales. Pero ¿qué concejales? De todas las tonteces que el martes dijo Artur Más hay una en la que tiene razón. ¿Qué razón de ser tiene la autonomía de Castilla La Mancha? ¿Y la de La Rioja? ¿Qué es Cantabria? ¿Qué es Castilla y qué León? La transición, ¡menudo negocio! ese capítulo de la historia que se reescribió por falsos bufones, ese momento en el que unos cuantos pájaros hicieron el agosto gracias a la dignidad de tantos, esa mentira cuya hipoteca estamos pagando ahora. Son legión los que deberían decir como Machado: Y al cabo, nada os debo/ debeisme cuanto he escrito/A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/el traje que me cubre y la mansión que habito/el pan que me alimenta y el lecho donde yago. Ellos, en cambio, nos deben la indignidad de su ostentación hortera. Puede que todo este plástico sea el epílogo de un libro que se cerró la madrugada del miércoles en las calles de La Gran Vía.