León

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M añana, en Benuza, en Fueyo Grande, la fiesta grande de Cabrera. Fue en este entrañable municipio, donde Ramón Carnicer nos cuenta —ya en la parte final de su libro— el encuentro con un indiano de Maracaibo, quien le asegura que no hay más solución para la comarca que dejarla vacía de habitantes y llevárselos a otra parte, a comenzar de cero. Ya se sabe que los indianos eran exagerados; nos trajeron de allá lejos el realismo mágico oral, mucho antes que los escritores del boom hispanoamericano nos lo mostrasen en su prosa. Cabrera era entonces, principios de la década de los sesenta, todo aquello que el escritor denunció, y dejo de serlo —en parte— porque él lo había denunciado. Por ello, mucho antes de que esta crisis irrumpiese en nuestras vidas como un lobo hambriento, los cabreireses ya entendían de apretarse el cinto. El entorno te forja, pero el tesón aún más.

Me pregunto qué pensará de la crisis el viejo tejo de Noceda; centenario según unos, milenario según otros; sea cómo sea, con muchas lluvias encima y, por tanto, ha visto escampar otras tantas. No importa si es anterior o posterior al Big Bang, si ya estaba allí cuando Matusalén gateaba o fue algo después, si su existencia es anterior a la formación del carbón o sólo de cuando los romanos abandonaron Las Médulas…No hay más que ver su patriarcal porte para deducir que ha visto y oído muchas historias. Este árbol, orgullo del municipio de Castrillo, y de todos los leoneses, es en sí mismo una civilización. ¿Qué nos diría sobre nuestros pesares, él que tantos ha contemplado? Sabe latín, y no sólo por estar pegado a una iglesia.

No, no era la recia Cabrera la que tendría que haber sido vaciada de lugareños, como proponía el catastrofista indiano. Es el Hombre —sobre todo el urbano— quien ha de vaciarse de su propia ambición desmesurada, aunque algunos hayan de hacerlo más que otros. Mientras, un antiquísimo tejo, contempla compasivo nuestros avatares. Su antigüedad no se mide con calendarios o relojes: tiene todas las edades y ninguna. Ya era anciano cuando los falsos sabios de nuestros días pergeñaron sus viles engaños. Y aún estará en Noceda, rezando por este mundo herido, cuando nosotros ya no estemos aquí.

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