AL TRASLUZ
Junto al río
Una lobezna de unos cuatro meses ha sido salvada en la zona de Rocebros, cuando deambulaba perdida como consecuencia del incendio en los montes de Castrocontrigo. Según leo en este periódico, tenía heridas y quemaduras en las almohadillas de las patas, y había perdido las uñas. Su largo peregrinar debió de suponerla intensos dolores. Primero fue atisbada a cierta distancia, sin que el grupo de humanos consiguiese acercarse lo suficiente como para rescatarla, dado el mutuo y ancestral recelo. Por fin, gracias al tesón del joven Adrián Rubio se dio de nuevo con ella. «Sabía que iba a estar en la hondonada, junto al río, donde van a morir los animales», ha declarado. Y allí estaba la lobezna, dispuesta a finalizar su corto ciclo de vida, tras quizá dos semanas sin ingerir alimento. Ir a morir junto al agua… ¡qué sabio es el instinto! En uno de las secuencias más bellas del western, en la primera película de Sam Peckinpah, Duelo en la Alta Sierra , el personaje del viejo sheriff, ya herido de muerte, le pide a su amigo que le deje solo, y en una última mirada contempla la belleza sobrecogedora de las montañas como si se tratase de una gracia final concedida. Afortunadamente, los seres humanos no solo somos portadores de destrucción. La lobezna está a salvo, en el Centro de Recuperación de Animales de Villaralbo, en Zamora.
En cambio, en Picos de Europa, el problema es otro. «Cuando llegan las nieves el lobo es capaz de matar hasta una veintena de corzos para solo comer un animal», leo también en este periódico. Más o menos como algunos especuladores que conocemos todos. Pero, ironías aparte, no se puede demonizar al ser humano y divinizar al animal.
Con estos problemas de coexistencia no se debe hacer demagogia, sino buscar soluciones.
La lobezna se dirigió a morir al río, guiada por los ecos del instinto. Su mundo se había quedado sin colores. «No entiendo cómo pudo sobrevivir tanto tiempo», se preguntaba su salvador. Pero él mismo era la respuesta. ¿Acaso no se desprende de esta historia que podemos ser salvados, cuando ya todo en apariencia está perdido, en medio de nuestra propia Troya arrasada, y se diría que no cabe más consuelo que contemplar la belleza del agua?