Diario de León
Cristina Fanjul
León

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A un lado debe quedar el temperamento moral del político en cuestión. Otra cosa es la fusión de intereses públicos y privados.

Antecedentes. Resulta que en el mes de junio, Raúl de la Hoz hizo valer la mayoría absoluta del PP en las Cortes de Castilla y León para arrasar cual buldozer la propuesta socialista para recomendar a los bancos —algunos de ellos sufragados con nuestros impuestos— que renegociaran las hipotecas de las víctimas de desahucios. Dijo el procurador que eso nos convertiría en una república bananera y que era una «aberración». Me gustaría saber qué opina su paisana, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que acaba de pactar con el PSOE paralizar de manera urgente los desahucios que están en marcha. Ya ven, ahorita sí que se puede. Es lo que tiene conjugar los tiempos políticos.

Pero volvamos a Raúl de la Hoz. Bonita palabra, aberración. Casa muy bien con el intento del portavoz de Economía popular en las Cortes de que el juez embargase la prestación por desempleo a una mujer a la que el banco reclamaba dinero tras la ejecución de una hipoteca. Lo hizo como abogado de Bankia, ese Sésamo particular de unos pocos . Poco puede decirse ante tanta dignidad. Sólo cabe poner al lado un adjetivo, abochornada, por ejemplo, que es como debería sentirse la cúpula popular después de unir las dos actuaciones de Raúl de la Hoz.

Porque, y vuelvo al principio, si Raúl de la Hoz quiere, en el legítimo ejercicio de su papel de abogado, solicitar que a una mujer desahuciada se le quiten los 500 euros que tiene para subsistir, pues allá él. Oye, que cada uno tiene el umbral ético donde puede —ahí está el personaje de Oscar Wilde— y los hay que casi nunca ven lo que el espejo les devuelve. Tal vez tenga que confesarse, pero su comportamiento es legal. El problema surge cuando la res pública se mezcla con la privada, cuando los intereses del Raúl de la Hoz como letrado de Bankia se contraponen a los de los ciudadanos que éste representa en su papel de procurador. Y eso sí que resulta propio de una república bananera. Le recuerdo que ese apelativo se acuñó para referirse a pseudodemocracias cuyos políticos defendían los intereses comerciales de empresas norteamericanas —eran muy bien remunerados por ello—, pisoteando al tiempo los derechos legítimos de sus paisanos. Creo que Plutarco disfrutaría haciendo paralelismos.

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