Diario de León
Publicado por
José Ángel Magadán. Abogado y escritor
León

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Con independencia de dónde me encuentre en cada momento escribo sobre cosas que atañen a lo humano. La levedad del ser y su contingencia son por sí hechos prolijos. Solo temo que el dique de la contención mental se rompa y escriba entonces con palabra insustanciada. Sería como hacerlo en una barra de hielo. Oscurece y elevo los ojos al firmamento. Y me pregunto por el sentido y razón última de las dinámicas estelares. Me he convertido con el paso del tiempo en un nihilista ligero. A estas alturas de la vida prefiero ya un discurso de naturaleza celestial, ¡a un aburrido sermón laico! Como el de Artur Mas, por ejemplo, que alerta estos días del peligro de que Cataluña se quede cómo está, integrada en el marco de la nación española, y demanda de la sociedad catalana una sólida mayoría que le legitime para poder impulsar su plan secesionista mediante la celebración de un referéndum de autodeterminación. El artero mesianismo del presidente de la Generalitat y el súbito pulso que le quiere echar al Estado. Una nueva vuelta de tuerca de las fuerzas soberanistas que se sustenta al parecer en el malestar con España de una parte sustancial de la sociedad catalana. ¿Por qué no nos quieren? Se preguntaba recientemente un periodista en un artículo de prensa. La respuesta se la da E. M. Cioran en su Genealogía del Fanatismo . Dice el filósofo rumano: «en sí misma toda idea es neutra, o debería serlo. Pero el hombre la anima. Proyecta en ella sus llamas y sus demencias. Impura, transformada en creencia se inserta en el tiempo, adopta la figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado».

Los nacionalistas niegan lo evidente. Cataluña unida a la Corona de Aragón es parte de España desde su nacimiento y como tal contribuyó a que España se erigiera en el pasado en una gran nación; actor destacado, sujeto activo de la historia universal.

Absorto en estos pensamientos, algo sombrío y con mal sabor de boca, salgo de casa a la calle con el fin de dar un reconfortante paseo en el bullicioso Madrid de fin de semana. La luz eléctrica, artificial, de la gran ciudad impide ver las estrellas. Mas no a mi limpiabotas, a quien diviso en las proximidades de la plaza Mayor. Le conozco bien: exhibe una fina ironía, y excelente disposición de ánimo. Fue cornetín en la Legión y boxeador sin cintura en su juventud. Con los adminículos propios del oficio en la mano, advierto que se detiene un minuto en medio de la calle, los ojos entornados ligeramente como haría un fisonomista a la entrada de un club; a fin de observar con minuciosa atención a las personas que pasan a su lado. No hay dos seres iguales —parece decirse—, y sin embargo se parecen entre sí. Vidas todas sometidas al albur de la diosa fortuna.

¡Eh, limpiabotas! ¡Aquí! Le grito yendo en su rescate con la vana pretensión de arrumbar siquiera por un breve espacio de tiempo mis oscuros y torturados pensamientos. Al dictado de la necesidad viene al encuentro de mis zapatos. Y al cabo de unos minutos, al despedirnos amistosamente con un ligero apretón de manos, relucen lustrosos ¡a la manera como lo hace el espejo principal del telescopio Hubble! Le sigo con la mirada hasta que se incorpora de nuevo al fluir de la corriente humana: quizá acabe desembocando en una plaza circular, siendo atraído por efecto de la inercia insalvable —como si fuera un objeto flotando cualquiera— en el embudo de un remolino. De un remolino de seres atrapados todos en el absurdo de la vida cotidiana. Y retomo por enésima vez mis pensamientos: Artur Mas y su desprecio por la legalidad. «Así nacen las ideologías —vuelve a recordarnos E. M. Cioran—, las doctrinas y las farsas sangrientas».

Pero aún hay catalanes que se sienten afortunadamente españoles y creen que pertenecer a España suma y no resta. Y los excluyentes soberanistas quizá no alcancen después de todo en las urnas la mayoría que necesitan para intentar consumar la ruptura con España. No tiene sentido en el mundo de hoy, convertido de hecho en la «aldea global» de la que hablara Marshal MacLuhan, a causa de la red de redes, el Internet, las nuevas y sorprendentes tecnologías que se han convertido en iconos de la modernidad. El nacionalismo, a fecha de hoy, es una ideología desgastada.

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