TRIBUNA
España: integración o divorcio
Como es sabido, el tema de la nación se pone de moda en Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Los orígenes son claramente de inspiración romántica, que exaltaba lo típico nacional en virtud de un producto político suyo, el liberalismo. La nación se constituía como un tronco de profundas raíces socavadas en la lengua, cultura, tradiciones y costumbres. Llega a considerarse la nación como un modo de ser y existir peculiar frente al resto de las peculiaridades o identidades nacionales. Y, a partir de ahí, la conveniencia entre ellas de integrarse o no dentro de un mismo Estado y una misma Constitución. El pueblo portugués (o su clase dominante) que, por distintas vicisitudes, estuvo unido a España desde 1580, decidió sesenta años después volver a su soberanía e independencia anterior superando con las armas el irredentismo español. Lo mismo podría ocurrir, pero en sentido inverso, de la actual Unión Europea; o de Cataluña y de Euskadi de seguir integradas dentro de un mismo Estado español. Si se aprueba el divorcio en la pareja, ¿por qué ha de reprobarse entre comunidades tras mayoritario consenso de las partes? En el siglo XIX, la América hispana pasó a independizarse en 18 Estados soberanos. En el XX se desintegró la URSS; Yugoslavia se troceo en cuatro Estados; mientras que Chequia y Eslovaquia, matrimonio bien avenido durante años, se divorció. Alemania, una antes de la Segunda Guerra Mundial, se partió en dos al término de ella, y luego ha vuelto a la unidad. ¿Y el pueblo saharaui?, ¿ha de continuar contra su voluntad vinculado al reino de Marruecos? La voluntad de los pueblos no puede ser ignorada ni tampoco su asociación imperecedera hasta que la muerte los separe. El problema está en quién decide y en la avenencia o desavenencia traumática entre las partes que optan por asociarse o divorciarse.
El debate sobre la nación española, entendida como aglutinamiento de distintas regiones dentro de un mismo Estado, ya estaba planteado en nuestros clásicos. Pero es a partir de los estudios liberales cuando empieza a surgir la pregunta de cómo se ha llegado a constituir la nación, qué es una nación. Desde ese momento asombra la generosidad con que el español ha reflexionado sobre su ser. Se diría que de tanto mirarse al espejo llegaría a obtener una imagen más nítida de sí mismo. Sin embargo, no hemos podido forjar todavía, y ya va para largo, un Estado federal que satisfaga los deseos y apetencias de todas las partes regionales que lo integran. Pi y Margall, Altamira, Ganivet, Ortega y Gasset, Américo Castro, Sánchez-Albornoz, Picabea, Mallada, Costa, Salvador de Madariaga, vertieron mucha tinta en argumentar apasionada y polémicamente sobre la fragua de nuestra nacionalidad. Los títulos de sus obras son elocuentes: Las nacionalidades; Idearium español; Psicología del pueblo español; España invertebrada; El problema nacional; Los males de la patria; La realidad histórica de España; España, un enigma histórico; Hacia otra España; España, ensayo de historia contemporánea.
Admitido un carácter nacional a priori, su dimensión se empequeñece o engrandece según el enfoque que se haga, desde dentro o desde fuera del propio país. Al lado de momentos de amarga decepción (somos un país de pícaros, semibárbaros, fanáticos, perezosos, atrasados, reaccionarios, crueles y opresores del conocimiento), conviven otros exultantes, faraónicos, de orgullo patrio que lo desmienten. «Patriotismo» es el amor que sentimos por nuestro país, mientras que «nacionalismo» es el que otros sienten por el suyo. Lo discutible es considerar una patente nacional como definitiva, o sea, la existencia de un tipo inmutable de español frente a otras identidades, no afectado por las sucesivas transformaciones económicas, sociales, culturales, etc. Y una vez definida la categoría de «español», aún más discutible es establecer subcategorías, como catalán, vasco, gallego, andaluz, canario, etc., que, a su vez, conllevarían otras divisiones. Muchos bercianos no se sienten muy felices de que se les identifique como leoneses; y a los maragatos se les ha esfumado su identidad sin saber siquiera sus orígenes. La sucesiva reducción territorial puede llegar al absurdo. Sirva de ilustración lo que, en mi etapa universitaria, leí en la puerta de uno de los retretes de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca: « ¡Esto no es España, Castilla y León, nación, ya! ¡León sin Castilla es una maravilla! ¡Zamora ahora, León otrora! ¡Abajo el imperio zamorano, aúpa Sayago! ¡Muera Sayago, ¡viva Cozcurrita!....».
El ministro de Educación y Cultura (y Asuntos Catalanes), Sr. Wert, ha dicho que hay que españolizar a los catalanes. Se ha quedado corto. Unamuno dijo que había que españolizar Europa. ¿Por qué, no, españolizar el planeta?, digo yo. El geógrafo Reclus afirmó que el retrato de un gallego se parece más al de un habitante de la Aubernia que al de un catalán; y el de un andaluz hace más pensar en el de un gascón. La inmersión en un mundo globalizado y muy mestizado pone en tela de juicio hablar de un tipo general con características propias y exclusivas que represente a todos los españoles. No obstante, para unos, la mayor parte de los españoles tenemos rasgos comunes por encima de nuestras peculiaridades regionales, comarcales y provinciales, que nos dan una cierta individualidad frente a los pueblos o naciones de Europa. Para otros, en cambio, la vida humana funciona en virtud de un dinamismo superador de moldes y origina apetencias que se van superponiendo a otras que ya han periclitado. Antaño se esquilmó nuestra sangre en pos del imperio y del catolicismo a ultranza contra el protestantismo luterano; y hoy, sin ningún escrúpulo, se nos esquilman conquistas sociales, ganadas con sangre, sudor y lágrimas, para rescatar la avaricia desmedida y sin control de los directivos de bancos y cajas.
Ni acérrimos «españolistas» ni obstinados «nacionalistas», como bandos enfrentados que envenenan el ambiente. Tiene que existir alguna fórmula de consenso para que en el envite de intereses no haya ganadores ni perdedores. Y si los actuales dirigentes políticos, por estar más interesados en el 3%, no la encuentran, dejen a otros para que lo intenten. O no habremos llegado todavía a la mayoría de edad de los pueblos, esto es, aún en la rabieta infantil de ensuciarnos por el suelo al no conseguir lo que queremos.