León

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Caritas ha iniciado con éxito un programa para que jóvenes hagan compañía en las residencias a personas mayores solitarias. Lo llaman «Caminado juntos». Es la misma propuesta que he utilizado para un libro. No es una coincidencia tan extraña, dado que cada vez somos más quienes pensamos, sentimos y buscamos lo mismo, a través de diferentes itinerarios. Kris Kristofferson, el gran juglar de los solitarios asegura en una canción: «la soledad era más que un estado de ánimo». Vejez, soledad… Un día te miras en el espejo y de primeras no te reconoces. ¿Quién es ese? Luego, una vez te fijas, adviertes que la imagen tiene gran parecido con tu padre, incluso con tu abuelo. ¿Qué ha ocurrido? No se trata de un efecto óptico, simplemente, es la vida que te habla a través de sus propias facciones. Que dentro de ti siga habitando Tom Sawyer no impide que don Quijote avance por el horizonte de tu cronología. Un día, te miras en el espejo y descubres a tus mayores. ¿Pero qué ve el anciano solitario en la imagen del espejo? ¿Al niño que fue? ¿A sus hijos cuando fueron niños? ¿O ya no ve nada?

La gran labor de Caritas a favor de quienes necesitan ser ayudados ya la hemos ensalzado aquí. Sus portavoces recuerdan a menudo que su ámbito de actuación es el que él, una organización de la Iglesia, y que la eficacia demostrada en su tarea no debe deslindar al Estado de sus obligaciones con los desfavorecidos. Y estos cada vez son más. La clase media, uno de los pilares de nuestra economía, ha partido al exilio. Los nuevos pobres no hace tanto tenían un empleo, veraneaban y creían en el sistema que ahora acaba de arrojarlo a un lado. ¿Estamos demasiado preocupados con nuestro presente para ocuparnos de quienes nos dieron su ayer?

La labor altruista de esos jóvenes con los ancianos solitarios nos reconcilia. O nos ayudamos a caminar o nos perderemos en el trayecto, física y espiritualmente. Hay que ganar las grandes batallas planteadas, pero cuidado con perder las pequeñas, pues en ellas te vences a ti mismo. Un anciano solitario es una vergüenza, pues, en efecto, «la soledad es mucho más que un estado de ánimo». Es una derrota colectiva. Quién sabe, a lo mejor esta crisis nos enseña a ser mejores.

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