Diario de León
Publicado por
Julián Álvarez González Neuropsicólogo de la Residencia EL PORTILLO
León

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En el mundo son ya más de 30 millones las personas afectadas por el mal del olvido. En Europa es una prioridad sanitaria, siendo uno de los grandes retos de los Sistemas de Salud en los próximos años. En España se calcula que existan unos 800.000 pacientes y se estima que en unos 20 años se doblará la cifra. Cerca de un 50% de las personas mayores de 85 años y la mayor parte de ellas que se encuentran en Residencias Psicogeriátricas, padecen de esta dolencia. El promedio de edad de diagnóstico está ahora en 73 años. Es tan relevante esta enfermedad en la actualidad, que de no descubrir tratamientos eficaces en los próximos años, adquirirá proporciones epidémicas a mediados de este siglo.

Es una enfermedad cruel para el que la sufre, pero también para todos los familiares y amigos que ven como esta empieza por robar los recuerdos del ser querido y acaba por robarle la identidad.

La pregunta que nos hacemos, es la siguiente: ¿por qué aparece esta enfermedad? Se conocen las lesiones que se presentan en el cerebro, pero se desconocen las causas que las originan, aunque en los últimos años hemos aprendido mucho de como se forman estas lesiones, se citan muchos factores y todos ellos parecen que intervienen de alguna manera, pero no se sabe cuál es el factor decisivo, pues puede ser que la causa de la enfermedad sea el resultado de la conjunción de varios de ellos. Entre los factores de riesgo que intervienen podemos citar: alteraciones del metabolismo cerebral, la edad, herencia, desórdenes psíquicos, traumatismos craneales, estrógenos, la alimentación, la hipertensión, obesidad, diabetes, la carencia de ciertas proteínas, los procesos enzimáticos que causa la inflamación que destruyen las neuronas, etc... Aunque las causas directas de la dolencia se desconocen, la edad, las perturbaciones psíquicas y una cierta predisposición genética que alteraría el metabolismo de la proteína Beta amiloide en el cerebro, (una de las lesiones características del Alzheimer), parecen ser factores decisivos, aunque no se puede afirmar que la enfermedad sea hereditaria, sí es cierto que es más frecuente en aquellas familias que poseen antecedentes de demencias.

¿Qué es la enfermedad de alzhéimer? El mal del alzhéimer es una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central, que hoy por hoy no tiene un tratamiento definitivo, solo se intenta paliar sus síntomas para retardar lo mas posible los efectos de la misma, se trata de una demencia, pero diferente a las demás, pues aparte de ser una enfermedad neurodegenerativa, en ella siempre se dan desórdenes de la memoria, que aparecen desde las fases más incipientes de la misma, interfiriendo en las actividades habituales de la vida cotidiana y constituyendo el primer síntoma de sospecha.

Sabemos que el proceso se inicia años antes del primer olvido, con una acumulación anormal de la proteína Beta amiloide. Esta proteína no es la causa de la enfermedad pero está siendo un objetivo terapéutico (farmacológico) para destruir estas acumulaciones de proteína, ya que éstas interfieren en la comunicación entre neuronas y acaban provocando su propia muerte, por eso esta proteína está siendo una clara diana terapéutica sobre la que se investigan decenas de fármacos, algunos de ellos en fase experimental, para tratar de combatir el deterioro neuronal que padecen los pacientes y para impedir los ovillos neurofibrilares, que son uno de los causantes del mal. Actualmente se viene diciendo que las placas Beta amiloide patogenéticas se podrían originar en el hígado. Si esto fuera así bloqueando la producción de la proteína en este órgano se protegería al cerebro.

De todas formas, el propósito terapéutico hoy por hoy es detener el proceso en el momento inicial de la dolencia, al no disponer de una vacuna contra la enfermedad que inmunice al paciente contra las proteínas beta amiloideas, teniendo como objetivo el retraso del deterioro neuronal, porque cuando comienzan los primeros síntomas ya se ha desatado la pérdida de un número importante de neuronas, e incluso en la fase de deterioro cognitivo leve ya se da una importante merma de las mismas. La muerte neuronal comienza por el hipocampo y se va extendiendo por toda la corteza cerebral.

Para realizar el diagnostico de la enfermedad, la técnica de neuroimagen PET es la más apropiada ya que nos permite detectar cambios precoces en el funcionamiento cerebral de las personas que sufren pérdidas de memoria anormales en edades no avanzadas.

Los profesionales de la salud que trabajamos habitualmente con pacientes con demencia tipo alzhéimer o similares desde hace muchos años, constatamos el siguiente postulado extraído de la observación clínica diaria, en el que el objetivo principal del tratamiento consiste en lograr interrumpir el proceso en la fase inicial de la enfermedad en los pacientes de leve a moderado deterioro cognitivo e incluso en los casos ya avanzados retrasar y detener la progresión de la dolencia; para ello, han de aplicarse los tratamientos farmacológicos más adecuados con la finalidad de modificar la enfermedad y así frenar el proceso de muerte neuronal. Los efectos de los fármacos existentes actualmente son mínimos y no se prevé una cura a largo plazo de esta dolencia.

Las terapias no farmacológicas (TNF), sin embargo, mejoran de forma relevante las vidas de los afectados de esta dolencia, siendo más eficaces que los fármacos actuales. Las TNF tienen un abanico muy amplio de efectos clínicos positivos, toda vez que aumentan la calidad de vida de estos enfermos. Así, mejoran la cognición, la conducta o el estado de ánimo y reducen la carga de los cuidadores además de reducir el coste económico de los cuidados. Es una evidencia científica que los programas de estimulación cognitiva así como la psicoterapia (cognitivo-conductual) en estos enfermos producen beneficios más amplios y completos que los medicamentos.

El tratamiento de las personas afectadas por la enfermedad de alzhéimer, de acuerdo con las pautas mencionadas, nos ha permitido ralentizar y en muchos casos detener el progreso de la enfermedad, mejorar sus capacidades cognitivas y conductuales, conseguir un entorno protésico y terapéutico efectivo y aportar a los pacientes la seguridad que necesitan, tanto física como psicológica y social, devolviéndoles así a una vida más productiva, armónica y feliz.

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