Diario de León

DESDE MI PALOMAR por JOSÉ LUIS PRADA

Felices... sin comer perdices

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León

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Desde hace cuatro o cinco años tenía ganas de pasar la Nochebuena en el monte, en una de las muchas brañas que conozco… Las Algueiras de Burbia, la de Campo del Agua de Aira da Pedra, Las Alzadas de Villar de Acero, las de Pedroso y la Fontellada de Palacios del Sil… El problema era decidir en cual y, sobre todo, tener el parabién de los tuyos… Cuando lancé la idea al aire, la adhesión de mi hijo Manuel (7 años) fue espontánea: sí, quiero ir… La reacción de Flor fue más escéptica… No estaba muy de acuerdo… Tenía sus dudas: el dejar la comodidad de la casa, el preparar comida que llevar, el viaje, el frío, pero pronto se dio cuenta de que no tenía argumentos para superar los dos votos que, con auténtica pasión, sobre todo Manuel, defendíamos… Una vez de acuerdo, decidimos ir a la braña de La Fontellada de Palacios, donde mis amigos Eduardo y Clodomira tenían dos cabañas, una preparada para ir allí de vez en cuando ellos y otra abandonada desde hacía 12 o más años. Ni que decir tiene que nos inclinamos por esta última… de salir de casa que sea con todas las consecuencias…

El domingo día 23 salimos de Cacabelos temprano, Manuel y yo pertrechados con escobas, trapos para el polvo, pala para la nieve (por si acaso)... También con un poco de comida: unas sardinas en aceite (siempre las llevamos), pan y chorizos que, por cierto, no hicieron falta porque al darnos la llave de la cabaña Clodomira nos dio chorizos y panceta de su matanza… ¡como para no cogerlos!... ¡menuda es ella!...

Limpiamos lo poco y lo mucho, trabajamos los dos a tope. Manuel, en algún momento, se «escaqueaba»… pero rápidamente volvía a la «faena»… estaba concienciadísimo que aquella cabaña tenía que estar «en perfecto estado de revista». Hicimos el fuego y sobre las 2 cocimos los chorizos en vino y asamos un poco de panceta encima de las brasas, estábamos cansados pero allí, enfrente al calor de la lumbre, repusimos la ilusión y las fuerzas… Acabamos de limpiar a las 6 de la tarde; ya de noche, regresamos a Canedo a dar la «novedad» a Flor de que había quedado todo listo y preparado... Nos miró con cierto aire de compasión al vernos tan «trabajados», pero a la vez su cara se iluminó al sentirse cómplice de nuestra aventura.

El lunes 24 salimos los tres hacia Palacios con el coche cargado a tope (es un Jeep pequeño), parecíamos «buhoneros». Llegamos a La Fontellada sobre las 2 de la tarde, allí solos, dimos una vuelta para inspeccionar el terreno, cogimos agua de unos manantiales que hay allí mismo y ya con esas… para la cabaña. Tapamos todas las rendijas para que hubiese las menos corrientes posibles, hicimos un buen fuego para caldear un poco la frialdad y la humedad de las paredes; poco a poco fuimos colocando todo: enfrente al fuego había un gran escaño que cubrimos con una manta. Colocamos a la derecha de la lumbre dos sacos de dormir bien extendidos. Pusimos varias velas por todo el recinto incluido una lámpara tipo camping… daba una buena impresión, sobre todo, muy entrañable. Fuera, empezaba a llover y hacia viento…

Ya instalados, eran las seis, y casi de noche… nos tomamos un aperitivo, nueces y almendras partidas allí mismo. Jugamos un rato al parchís, nada, un rato nada más, nos entró somnolencia… era temprano, las siete, decidimos echarnos a dormir mientras era la hora de cenar, así lo hicimos… Manuel en el escaño y nosotros en el suelo, en los sacos… estábamos disfrutando del fuego y a la vez resguardados del temporal, casi un vendaval y lluvia que se desató en aquel momento… El ambiente era mágico, perfecto… dormimos más de una hora, arrullados por el sonido de la lluvia y el silbido del aire que se colaba por los entresijos del tejado de pizarra.

Sobre las nueve, Flor dispuso «la mesa»: un tronco cortado a la mitad, de un metro de diámetro, con agua de allí, del manantial, dos botellas de vino, una de rosado nuestro y otra de Xamprada, que habíamos dejado fuera a la intemperie para que estuviesen frías, un poco de turrón duro del bueno, del de siempre, de Conrado de la Bañeza, un trozo de membrillo del de verdad, del nuestro, un botellín de anís (estas cosas jamás faltaron en ninguna Nochebuena de mi niñez…), unas chuletas de cerdo que nos había dado Aurora de su matanza y unas gambas frescas asadas sobre una chapa de hierro … ¡qué buenas estaban! ¡sublimes! ¡Ah! y las «frebas» asadas en las brasas… ¡inconmensurables! en fin… ¡a tope! Poco a poco fue pasando el tiempo contándole a Manuel aventuras imposibles que disfrutaba como un cosaco…

Yo aparte de disfrutar del momento, no dejaba de pensar (siempre lo hago) de lo que estamos perdiendo todos dejándonos llevar por las modas que nos imponen desde las grandes multinacionales y… lo más importante: Manuel no se acordó en estos dos días de la TV, ni de las dichosas maquinitas que les están comiendo el coco a todos los niños y… a los no tan niños… disfrutaba, estaba feliz… eso era lo más importante. Al día siguiente, con la «cernada» y el «rescoldo» del fuego de la noche anterior, encendimos la lumbre y preparamos un buen tazón de café con leche «migado» hasta los topes con pan de centeno.

La naturaleza nos trajo de regalo aquella mañana una nevada que hacía que el paisaje estuviese exultante, de cuento de Navidad… Deseé que el egoísmo en el que estamos inmersos no pueda nunca con esas brañas, que permitieron vivir dignamente a personas como Eduardo y Clodomira… y quién sabe, si no volverán a ser el sustento de generaciones venideras…

Y, aunque había que volver al Palacio para «currar», pensé que teníamos mucha suerte, ¡qué bien nos lo habíamos pasado! sin «zarapalladas». Fuimos felices ¡pásmate!... aunque no comiéramos perdices…

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