RÍO ARRIBA
Enfrentarse a la tempestad
Me pregunto qué habrá sido de todos esos lunáticos que se metieron bajo tierra con víveres, cartuchos y mantas temiendo que el mundo se acabase el 21 de diciembre. Dando por sentado que nos arrasaría una tormenta de bolas ígneas, o que nuestro planeta entraría en colisión con alguna estrella sonámbula y errante. Normalmente atribuimos esas insensateces a los americanos, tan adictos a las conspiraciones marcianas y apocalípticas, pero puedo asegurarles que no muy lejos de León hay alguna familia metida en un búnker a la espera de que las tinieblas, el invierno posnuclear, o la lluvia de sapos se desvanezcan del todo antes de salir al jardín.
Habrá quien les aconseje que es mejor que no lo hagan. Visto cómo pintan 2013, o incluso la próxima década, parece que la actitud más razonable es colarse en un refugio antiaéreo a ver pasar las noches. Escuchando emisoras clandestinas, o pintando flores rojas en una teja de pizarra. Retirarse a los cuarteles de invierno, negarse a salir para no ver más niños revolviendo en los contenedores, ni a hombres hechos y derechos caminando con las manos en los bolsillos, hablando solos, oyendo graznar a los cuervos mientras cruzan el puente. No se derramará sobre nuestras cabezas una lluvia de azufre, pero es posible que lo haga otra de escamas grises, pesadas y lentas. Una ceniza invisible que irá impregnando las copas de champán vacías, los patios de los colegios, las alcobas del corazón. A ver quién es el valiente que asoma la cabeza para escuchar el silbido del viento helado, mientras un mesías con corbata te dice que solo tú eres el culpable de haberte convertido en un jodido topo.
No sé, a pesar de todo, yo creo que es preferible que salgan a la luz, que no se queden dormidos en el agujero. La música sigue sonando mejor en esos gramófonos que nuestros padres colocaban junto a la ventana del salón. La humedad de los sótanos nunca ha sido buena para los huesos y puestos a elegir, inclinarse por las velas del barco y no por las del templo sombrío. Subir a bordo, abandonar la falsa seguridad del camarote, retirar de cubierta los pájaros muertos y los restos del naufragio. Doblar el Cabo de Hornos y levantar el puño con rabia. Enfrentarse a la tempestad.