León

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En algún punto aún sin determinar se hicieron las tinieblas sobre la sociedad idealizada por el quinto pilar del bienestar. Los leoneses han empezado a morir en soledad; muertes ajenas a la costra de ruido que nos rodea, a las prisas para ir a ninguna parte. Solos y olvidados después de cerrar la puerta de su casa, muertes ignoradas en la calle, en el ascensor, en la tienda del pan, en la lista de las recetas del consultorio médico. Muertes desconocidas en el portal por donde se transita a diario. Muertes al otro lado del inmueble que sólo llegan a intuir los perros, incapaces de transmitir un relato pormenorizado del suceso funesto.

La paradoja del desarrollo llega a León. El número de ancianos abandonados a la hora de decirle adiós a este mundo cruel es un nuevo parámetro para medir los avances del modelo social que vivimos, directamente proporcional al disfrute de estructuras que llaman del futuro. La involución es imparable. Nunca jamás se ha disfrutado de sostenes de comunicación más rápidos, contundentes e inmediatos; nunca jamás ha habido menos manos que auxilian a otras manos que se mueren. Esto es el siglo de la indolencia; el del 3.0, la fibra óptica, el cable gordo, el smartfone; llevamos los bolsos atiborrados de androides, repasamos el mundo en las pantallas de plasma con el dedo índice, asaltamos conversaciones con mensajes esqueléticos de guasap, viajamos por la calle a la velocidad de la luz. Celebramos desde el Paseo de la Facultad la llegada del nuevo año en Sídney. Pero pulsamos pausa al darnos cuenta de que los vecinos llevan muertos semanas y meses, así, como quedaron expuestos a la tele encendida o a una agonía desasistida al tratar de alcanzar el auxilio del hueco del ascensor a través de un pasillo interminable. La vida que llevamos corroe la esencia de la fraternidad; pecado capital en una urbe que a duras penas pasa de cien mil almas; en una calle en la que es difícil contar más allá de 500 vecinos; en una escalera con tres puertas por altura.

León se contagia del mal de la modernidad, de la degradación humana por falta de coraje ante el grito de auxilio que lanza la parte más débil de la pirámide poblacional. Quien sabe cuántos van a cerrar la puerta esta noche expuestos a que nadie más pregunte por ellos, condenados a que la próxima vez que suene el telefonillo sean los operarios del anatómico forense.

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