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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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En su viñeta del pasado 16 de enero, Máximo escribe, sobre el busto de un individuo de aire respetuoso, un escueto: “yo empecé robándole un lapicero a la empresa”. Un día antes, TVE-1 emitía la película de Stanley Kramer Vencedores y vencidos sobre el proceso de Nuremberg y el caso Katzenberger, un judío acusado de relación impropia con una muchacha aria, en el que participaron jueces nazis o colaboradores con el nazismo. Tras la condena a cadena perpetua del antiguo ministro de Justicia, Ernest Janning, prestigioso jurista, éste solicita ver al juez americano que le ha condenado. En la breve entrevista intenta justificar su conducta por no haber previsto las horribles consecuencias. Cuando usted condenó por primera vez a un inocente, le responde el juez Haywood, usted fue culpable de lo que vino después. Las personas exterminadas en los campos de concentración fueron una pendiente fácil de recorrer para otros.

La viñeta de Máximo y la respuesta del juez avivan mi denuncia sobre los casos de corrupción que vive nuestro país. Ésta afecta, por lo que vemos, a casi todos los partidos (casos Gürtel o Luis Bárcenas al PP; EREs en Andalucía al PSOE, por no hablar de de los casos Campeón, Bono, etc.; asunto Palau, trama ITV y familia Oriol a CiU) y a algunos sindicatos y patronales (Forcem, Díaz Ferrán, etc.). Incluso estos días nos enteramos que algunos trapichean con sus muertos, al no comunicar la defunción de los que cobraban ayudas a la Dependencia para seguirlas percibiendo (se habla de 30.000 personas y 140 millones defraudados). España tiene un grave problema con la corrupción que se ha hecho muy visible. En la situación de crisis en la que vivimos, con casi seis millones de parados, las noticias sobre corrupción son disolventes moralmente y no ayudan a la paz social.

No todos los partidos ni todos los políticos son corruptos, pero hay estructuras que facilitan la corrupción: la concepción de la autonomía (municipal o autonómica) como patio de monipodio, la financiación opaca de los partidos, la profesionalización de la vida pública en que servicio es igual a salario. Como propone Felipe González, los partidos deberían reunirse y tomar medidas contundentes antes de que aquella nos anegue con su hedor. Pero a mí, como con la película de Kramer, más que anatemizar al sistema, me interesa destacar el papel personal en todo esto. No delinquen las instituciones, aunque la faciliten o la dificulten, sino los individuos. Son estos los sujetos morales; pero no puede haber moralidad en los que no tienen conciencia ni distinguen el bien del mal. El relativismo moral, del que es culpable una mala educación, es la pendiente por la que una pequeña bola de nieve se convierte en avalancha que lo destroza todo.

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