Diario de León
Luis Urdiales
León

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Ese tufo centralista que nos trajo de siempre la Junta a León queda retratado con la relación patrimonial de los señores consejeros, contagiados por esa sospechosa fiebre de manos limpias que ha atacado de repente a la clase política. Está claro que dentro del mapa en el que encajaron a León al octavo cabo de año del antiguo régimen, o te llamas Alicia García o no eres nadie si no tienes un piso en Valladolid.

Ahora que se habían jubilado del raca raca del centralismo castellano hasta los que convocaban las manifas a favor del referéndum mientras daban una vuelta al ensanche de la ciudad y hacían tiempo para el vino del domingo, sale el Gobierno de Valladolid del armario del catastro, no sea que el desafecto de los ciudadanos termine por romper la goma, y en dos años no vaya ni dios a venerar a la urna.

De los nueve consejeros de Herrera, ocho declaran propiedades inmobiliarias cerca del Pisuerga. Si acaso alguien se extraña del viento dominante que lleva los sombreros y los billetes siempre para el mismo lado. En esta intención purificadora que asalta a los políticos viciados por el miedo a que los señalen por la calle, atemorizados hasta el punto de esperar a que caiga la noche para ir al cajero automático, se dan presos con las manos en alto, como quien claudica de una guerra silenciosa que durante años se ha librado entre los privilegios de la clase gobernante y los ciudadanos que apoquinan sus vicios con impuestos.

Se ha puesto el foco de la actualidad sobre las cartillas del banco, y sobre las escrituras que guardaban con cierto recelo sus señorías; mejor ahí que el halo de luz baje a los abismos del océano político donde se ha cocinado sin cortapisas en los últimos años. Como si al leonés de a pie, al que los mismos errores de los que hoy se declaran inocentes le ha condenado de por vida a hacer álgebra para dar de comer y un techo a sus hijos, le solucionara algo que un tipo que se mete seis mil euros al mes le enseñe el forro de la chaqueta para demostrarle que no se lo ha llevado crudo.

Menudo papelón. Igual debían de pensar que el hartazgo ciudadano ya no se va a saciar con abrir las puertas del catastro y las declaraciones juradas en Hacienda con el sello del banco, antigua caja de ahorros. De los políticos no interesa saber cómo ganaron sus primeras cien pesetas; interesa cómo lograron su último millón.

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