¡Al fin la igualdad!
Hoy es un día en el que el colectivo femenino ha de emplearse a fondo en lanzar fuegos de artificio. El todopoderoso reino masculino del ejército americano se ha apretado un poquito y ha cedido puestos en primera línea de combate a las mujeres. Y todas nosotras, con bebés colgados del pecho, de las faldas —perdón, de los pantalones— y con la barriga cargada de nuevo, nos hemos lanzado en plancha, formando largas colas para alistarnos y experimentar el último placer, de los muchos que hemos emulado del colectivo masculino: matar con licencia; como el 007, pero a lo bestia.
Creo que éste es, con mucho, el mayor logro conseguido por las féminas en el último siglo. Pasamos de ser las delicadas flores de invernadero del Romanticismo, a ser fuertes, liberadas e independientes. Ahora fumamos, bebemos, salimos de noche sin necesidad de acompañantes, hacemos uso de nuestros cuerpos para beneficio propio —pero sobre todo para el de los machos que lo han propiciado—, trabajamos ocho horas fuera y otras diez en el hogar, nos ocupamos de ancianos, criamos hijos, atendemos a maridos «desbordados» por sus estresantes profesiones y, además, hemos de encontrar tiempo para presentarnos siempre impecables y, si es posible, calzando tacones de vértigo, porque eso es lo que nos aconsejan los dictadores de la moda. Estos vapuleadores de mujeres nos piden incluso que no comamos demasiado —objetivo loable que comparten con los médicos—, y apuntan que, si fuera posible, deberíamos no ingerir prácticamente nada —la clásica manzana sí se permite— por tres razones: primero, por aquello de «lo que te alimenta te puede matar»; segundo, los vestidos que diseñan sientan mucho mejor sobre los huesos que sobre la carne —conseguir que una prenda se ajuste con gracia a unas curvas incontroladas es mucho más difícil—; tercero, eliminando la ingesta de alimentos, la cesta de la compra nos resultará mucho más barata. Y en eso estamos todas, en conseguir lo más posible con el menor aporte de calorías, para encajar en el prototipo que se ha pensado para nosotras.
Lo más misterioso de este asunto es que hayan conseguido hacernos creer que esa es la liberación que buscábamos. No nos importa ganar menos que los varones con igual trabajo. ¡Qué digo igual! Siempre superior porque debemos demostrar constantemente que nuestro jefe no se ha equivocado al contratarnos. Eso sí, sin pasarnos, porque sólo faltaba que intentáramos hacer creer a alguien que valemos mucho más que algunos de nuestros compañeros —no he dicho compañeras— con los que compartimos ocupación. Nunca nos quejamos de que nos carguen con lo que nadie quiere, no vaya a ser que piensen que, por ser mujeres, no estamos preparadas, dispuestas y con el pensamiento libre de nuestras otras obligaciones que, por supuesto, han de estar cubiertas, sin que se altere el funcionamiento de la empresa y ni siquiera los hábitos del compañero —no queda muy claro si es el de trabajo o el de cama. Pero bueno, da igual; para los dos serviría—. Siempre a punto; sin ojeras por la noche que hemos pasado meciendo al bebé y sin quejas por la menguada resistencia propiciada por el exceso de trabajo y la escasez de alimento.
Somos ideales. Y ahora deberemos aprender a destilar testosterona o, en su defecto, a tomar una píldora. Al fin y al cabo ya tomamos otra para comodidad del varón; sólo sería añadir una más y ¡hala! A correr trincheras...
Al fin somos total y absolutamente libres.