Diario de León
Luis Urdiales
León

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Esta misma noche puede entrar por el Negrón un comando de malos malotes, carga gasolina en Rioseco, toma un café en el área de descanso de Palanquinos y escapa por Sahagún con más vidas que un gato con la furgoneta que no cabe un hierro más; no digamos si la trama elige un trazado de carreteras secundarias, ahí por los valles temblorosos y los pueblos de luces lejanas del páramo y la vega.

Vivimos cada día expuestos a saqueos que tienen menos pena que el ánimo de los políticos de meter la mano en la caja de caudales públicos. No es de hoy eso de que los chorizos sepan aprovechar el silencio y el desierto leonés para hacer negocio. Todavía andaba Corcuera en el Ministerio del Interior con los ensayos de la patada en la puerta mientras la botella de leche se hacía añicos cuando se puso de moda echar mano de pertenencias que luego tenían una salida gloriosa en el mercado del mueble. La fiebre de robar trillos se acabó al tiempo que cesó el vicio de decorar salones con esos viejos aperos panza arriba. Se desconoce cuántos de los que se enriquecieron con esa práctica fueron detenidos por las fechorías.

De sobra se conocen, por denunciadas, las pérdidas por los saqueos sistemáticos de cada verano en los medios mecánicos que se emplean para las prácticas agrarias. Acosados por la plaga de ladrones, en una zona de la provincia llegaron a formar patrullas ciudadanas para disuadir a los delincuentes y proteger la propiedad. Acaba de pasar la época en la que las aves que se engordan en las granjas de León son recursos oportunos para vender en los mercados deficitarios de carne de guiso y asado navideños. Hay criadores que en sus previsiones reservan una parte de mercancía para sufragar lo que se llevan los cacos en invierno, seguros de que les van a dar el palo. Sólo así les cuadran las cuentas.

Está de más recordar los kilos y kilómetros de cobre que han desplumado. No hace ni una semana que un pedáneo imploraba a las autoridades un gesto compasivo ante la oleada de robos que sufren sus vecinos cada noche; el pueblo está a seis kilómetros de la ciudad de León, no en los confines. Esta noche volverá a suceder. Unos malos, malotes, tendrán localizado un lugar y algo que llevarse; cargarán la furgoneta sin prisa, y se irán despreocupados mientras la helada les ventila el rostro.

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