LA VELETA
Nubarrones para un debate
La quiebra de la constructora Reyal Urbis, la de Orizonia, la huelga de Iberia, la de los jueces, la cifra récord de la deuda y la constatación de que la reforma laboral no está sirviendo para crear empleo son los últimos clavos que podrían clavarse en el ataúd del debate sobre el estado de la nación que comienza hoy, rodeado, además, de malos augurios puramente políticos... o morales. Los titulares sobre el espionaje de políticos a políticos, la corrupción, los desplantes que nos llegan de determinadas naciones hermanas en Latinoamérica —ahora Bolivia—; la inminente declaración de Urdangarin ante el juez... Qué quiere usted que le diga: una suerte de catástrofes encadenadas —no hay casualidades cuando todo se empeña en conjuntarse para ir mal— están llevando al cuerpo social a un nacional-pesimismo solamente paliado por el nacional-aburrimiento, causado por una forma como abúlica de ejercer la tarea política.
Y usted o yo, o cualquiera, puede contemplar la coyuntura desde dos perspectivas: la de quien piensa, con todo el derecho y legitimidad, que este acto parlamentario va a ser eso, el final de un trayecto para que nos despeñemos, o la de quienes, como yo mismo, creemos que estamos ante una estupenda oportunidad para regenerar el lenguaje y el pensamiento políticos, para anunciar que inauguramos una nueva forma de gobernar, en la que la ciudadanía esté más presente y el bienestar de los españoles ocupe el primer lugar en la mente de nuestros gobernantes.
Ya he dicho en numerosas ocasiones que creo en la honestidad política de los dos principales contendientes, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba; lo que ocurre es que precisamente por la mentada forma light de ocupar sus respectivas parcelas de poder nos tienen a todos mirando hacia otro lado, a ver si en horizontes diferentes aparecen por casualidad algunas soluciones.
Hoy nos hallamos ante una enorme oportunidad que nos haga soportar el dolor de ver lo que ocurre en esos casos nefastos antes citados, Reyal, Orizonia, Iberia, la rebelión de los jueces, los estallidos corruptos, las escuchas ilegales, las trapisondas del yerno del Rey y ese largo etcétera que nos hace andar con la cabeza baja, el ánimo encogido y las peores perspectivas en el almario. Sursum corda, arriba los corazones; hoy, al menos, podemos esperar que, contra las previsiones, algo bueno suceda en el secarral que es nuestro mapa político. Ojalá en mi crónica posterior, comentando el debate, no tenga que unirme al coro de las lamentaciones. Tenemos todavía esta oportunidad.