AQUÍ TE ESPERO
País de pícaros
Son muchas las veces que aquí he escrito sobre la rara peatonalización que existe en nuestra ciudad, por la cual no puedes ir tranquilo por esa zona, creyendo que no pasan vehículos, o que alguna vez puedes coincidir con alguno, como sucede en cualquier otra ciudad española o europea, pero en esta capital lo difícil, lo tremendamente difícil, es que subas la calle Ancha y llegues a la Catedral sin haber tenido que apartarte para que pase algún automóvil. No acertaba yo a comprender cuál podía ser el motivo de tal trajín, por eso me llamó la atención la noticia que mi compañero Álvaro Caballero publicó el otro día en la que informaba de que el Ayuntamiento había anulado el 15% de las 3.000 tarjetas que había otorgado a los vecinos para el acceso al casco histórico. Es decir, ha suprimido nada menos que 461 de estas tarjetas porque se utilizaban fraudulentamente, pues se habían concedido a vecinos que han fallecido, a personas que han trasladado su domicilio a otra zona, pero mantenían la tarjeta irregularmente o que han vendido el vehículo objeto de la tarjeta y sin embargo el comprador o el vendedor continuaban utilizándola.
No deja de ser curioso el sentido que tenemos de mantener privilegios. Nadie quiere renunciar a ellos, aunque ya no tenga derecho y es capaz de hacer cualquier cosa con tal de mantenerlos. El civismo es algo que no va con nuestra idiosincasia. Consideramos tonto al que actúa honradamente y listo al pícaro que arrima el ascua a su sardina. Y así nos va, porque si somos capaces de engañar en algo tan simple, como mantener una tarjeta que no nos corresponde ¿qué haríamos si tuviéramos poder para manejar dinero o privilegios? ¡Y luego nos estrañamos de que algunos de nuestros dirigentes metan la mano en el cajón!
Para muestra, un botón. Recordarán que cuando llegó la TDT el Gobierno quiso paliar el desembolso de los menos favorecidos y entregó aparatos decodificadores a ancianos e incapacitados. Un amigo me contó en su día que había pedido el aparato para su anciana madre. Se lo concedieron, lo recogió y utilizó un mes, porque el televisor se estropeó y hubo que comprar uno nuevo, que ya traía incorporado el TDT. Cuando mi amigo acudió a Correos a devolver el aparato los funcionarios no se lo creían, incluso le sugirieron que se quedara con él, más que nada porque no sabían qué tenían que hacer para recogerlo porque nunca se les había dado el caso. Pues eso. ¿Así a dónde vamos?