AL TRASLUZ
El último afrodisíaco
Kissinger definió el poder como «el último afrodisíaco». La suya era una voz autorizada, pues el secretario de Estado estadounidense fue uno de los políticos más poderosos de su tiempo y, aunque su aspecto físico no recordaba al de James Dean, mantuvo aventuras con muchas bellas mujeres, entre ellas con Jill St. John, la chica Bond que protagonizó Diamantes para la eternidad . Claro que ella además de cumplir sobradamente con el canon griego tenía un coeficiente intelectual de 162 y fue admitida con sólo catorce años en la Universidad de California. En Ponferrada, en lo que a erótica del poder se refiere no necesitan pócimas, se bastan ello solos. Ahí está inminente la moción de censura, en la que Cupido ha disparado sus flechas, pero con un extraño sentido de las afinidades ideológicas. Todo parece reducirse al quítate tú para ponerme yo, que es la danza del vientre de la ambición política. Un clásico del género. De nuevo, la actividad de los partidos vuelve a girar alrededor de los problemas de los propios políticos, y no de los de la ciudadanía. A veces, cierta crispación no es más que banalidad enmascarada, pereza disfrazada de ajetreo.
Leo en este periódico que la yogui Lila Devi, a quien no tengo el placer de conocer, ni en ésta ni en anterior reencarnación, impartirá en León un taller para enseñar a «permanecer imperturbable en medio de mundos que se derrumban». Algunos y algunas deberían interesarse por si hace rebajas a grupos numerosos. La imperturbabilidad más que por partidos va por agrupaciones. Uno mismo es de natural impertérrito, hasta que me indigno por esta información o por aquella y se me descompensa el nirvana, tal colesterol malo.
Aunque el problema nunca es el poder en sí, sino su mala utilización, todo aquello que se le entrega y lo que él roba. ¿Acaso no ha sido una épica renuncia al mismo, en este caso en sus niveles más trascendentes, la decisión con la que Ratzinger ha conmovido al mundo?
En cambio, en Ponferrada, la erótica del poder no se rige por flechazos, sino por disparos. Por ello, ante la moción de censura en ciernes, lo del último afrodisíaco de Kissinger es más prudente dejarlo en penúltimo. Gatillazos inesperados aparte, claro.