AL TRASLUZ
El bailongo
Los seres humanos antes que andarines fuimos danzantes. En la noche de los tiempos, inventamos el ritmo agitando las ramas de los árboles en los que habitábamos. Por ello, hay quien lleva el baile en los genes, como un eco de los ancestros. El Ayuntamiento de León ha decidido que sus sesiones de bailoteo para mayores vuelvan a ser gratuitas, después de haberlas cobrado a dos euros. La cantidad de bailones había disminuido ante la obligación de pasar por taquilla. No era un precio excesivo, pero a partir de cierta edad la prudencia en el gasto se rige por un sutil sentido de la contabilidad. Por tanto, aplaudimos la medida municipal, si así se contribuye a que los mayores puedan satisfacer la atávica necesidad de menear el esqueleto. Lo importante es que el cuerpo de cada cual aguante, que tampoco es cuestión de quedarse en el sitio por bailar un chachachá con la media naranja. «¿Y a este señorín que le ha pasado?», preguntas ante un octogenario tieso como la mojama. «Veinte pasodobles, diez yenkas y cuatro bailes del caballo…», te aclara el encargado, «pero para mí que fueron las mollejas picantes que tomó para desayunar». Vale.
En apariencia, estos tiempos de crisis son más propicios al cante jondo que al fandango, pero ni siquiera para disfrutar con un baile alegre es necesario estarlo tú, pues el corazón se mueve también por ritmos secretos y sabidurías silenciosas. Precisamente, en tal paradoja radica la conveniencia de que puedan bailar sin el cargo de conciencia de haberse gastado dos euros.
Hay algo épico, conmovedor y trascendente en esta clase de bailes, incluso en los más pachangueros, o sobre todo en estos. Bienvenida sea la recuperación de la gratuidad de estas sesiones, si con tal se contribuye a que las disfruten más personas mayores, más veces y menos preocupadas por la pensión. Tendrían que ser ellas quienes nos cobrasen a nosotros por impartirnos tal lección de fuerza, no sólo física. A través del baile es la existencia misma la que baila en todo su registro de cadencias. Y es que la música son ellos mismos, la historia de sus vidas. Bailando nos proclaman que aún son quienes fueron. Y que lo seguirán siendo mucho después de que la orquesta se haya marchado.