HOJAS DE CHOPO
Listas negras
Las listas negras existieron, existen y existirán. Desgraciadamente. Aquí y en Pénjamo. Y, claro, en la cercanía conocemos nombres dibujados en los papeles del poder, sea amplio o menos. La última razón de tal empeño es que pensar, mejor «pensar de esa manera», es un peligro. El riesgo del pensamiento único suele cometer los mismos errores basados en la intransigencia que excluye, como todas las intransigencias, que ocupan tiempo y dedicación innecesarios.
Estar en una lista negra que excluya de participaciones, a pesar de ser una tontería casi anecdótica aunque injusta, tiene su aliciente, puesto que pone en evidencia a esos pájaros lameculos que se apresuran a advertir a los de arriba sobre ciertas presencias «peligrosas». Registrar movimientos, andares, sentires, compañías y manifestaciones, aunque nimias, es asunto ya de otro costal, sensación que tienen algunos convecinos, tal como me cuentan, con el consiguiente grado de ansiedad —no sé si miedo— generada en su diario vivir. Comprobé esa inquietud ajena. Es práctica extendida, al parecer, en muchas, acaso en todas las organizaciones políticas —con frecuencia las listas son internas—, y otras, en que cada día se prefiere más el servilismo y la mediocridad —a veces insultante— a la eficacia. Si fuera político, huiría de estos seres «afines», que, seguramente, utilizan el halago para conseguir propósitos, sin advertir que el halago oculta casi siempre la verdad.
Los mismos que confeccionan las listas negras, como actitud de obediencia o «motu proprio» a veces, no tienen empacho alguno a la hora de hablar de ética, palabra que se está gramaticalizando hasta quedar progresivamente vacía de contenido. ¿No están zarandeando a aquellos que habían hecho lo que ellos hacen? Como siempre, las dos varas de medir, pensando ingenua e inútilmente que el tiempo borra las historias. Afortunadamente, nada más lejos de la realidad. Unos y otros serán cómplices de este quebranto de la democracia y del pensamiento libre, aunque pretendan erigirse en sus paladines. Es un problema de actitudes y conductas, no de discursos.
Decía Bernard Shaw que dar consejos muestra un cierto grado de imbecilidad en el dador. A pesar de todo, para mitigar un poco la ansiedad de quienes se saben escritos en alguna de estas listas oscuras, sea la que fuere, pienso que deben sentirse orgullosos. Si están en ellas, por supuesto, por pensar y ser firmes y coherentes frente a la ruindad e incoherencia de quienes las confeccionan. Estos tienen otras razones, generalmente derivadas del utilitarismo y las servidumbres a que se someten. Dicen, eso sí, que, en todo caso, ahora podemos expresarnos libremente. Pero para qué, reflexiona un castizo de la calle y la necesidad, para qué, si nadie nos escucha.