FUEGO AMIGO
Celebración en Lois
Lois es un pueblo singular de la montaña leonesa por su riqueza cultural. En un territorio sin monumentos, Lois sorprende al visitante con su catedral de mármol, a la que arropa un palacio ricamente blasonado. Además, tuvo cátedra de latín, conocida como la universidad de la montaña, y un par de precoces académicos de la lengua en los balbuceos de la institución. Hoy homenajean su memoria en Lois los académicos leoneses Luis Mateo Díez, José María Merino y Salvador Gutiérrez. Aquellos pioneros llegaron a la docta casa cuatro años después de su fundación, en la que participó el bañezano Juan de Ferreras. Se llamaban Pedro Manuel Álvarez Acevedo y Alonso Rodríguez Castañón y entre sus méritos no sobresalió el ejercicio escrito de la lengua. Pasaría casi un siglo hasta que accediera Casimiro Flórez Canseco, catedrático de griego, que era de Manzaneda de Torío, como Andrés Trapiello. Y otros cien años hasta que presumiera de académico el arzobispo berciano Antolín López Pelaez, que parece que nunca lo fue. Gullón y Yebra dieron paso a los actuales.
A la entrada de Lois, la encrucijada de caminos invita a detener el paso para apreciar su estampa. Un circuito de montañas abriga el horizonte, que sólo se abre por el collado de Anciles. El cuenco de los pastos trepa las laderas desde la orilla del río Dueñas hasta los matorrales de brezo y escobas que dan paso a los bosques de hayas y robles abrazados al arranque de las peñas. Sobre el conjunto, se impone la silueta herreriana de su iglesia catedralicia, trazada por Fabián Cabezas. El hecho de que se culminara en apenas dos lustros da al conjunto una unidad sorprendente, que se prolonga en los retablos y demás mobiliario litúrgico. El recorrido interior confirma la sorpresa de una obra de época, sin adiciones ni pegotes. También asoma, entre la elevación del templo y la hendidura arbolada del río, la proa sillar del palacio.
El recinto que preside la iglesia, peraltada sobre un talud de piedra, convoca a su alrededor lo más interesante del pueblo. Bordeando la plazuela hacia el río, se extiende el palacio dieciochesco de los Acevedo, treinta años posterior al templo, con su alarde de escudos y leyendas. La vecindad sirve para ponderar los efectos de la restauración aplicada a la iglesia. Un raspado inclemente de su rosácea piel de mármol dejó al templo blanquecino y demacrado, sin la pátina que da lustre a los muros palaciegos. Este repertorio de joyas dieciochescas testimonia la generosidad de los hijos dispersos por el ancho mundo. A lo largo de aquel siglo ilustrado Lois llegó a contar con tres obispos, dos académicos y más de un indiano dadivoso, que pusieron en marcha la cátedra que se acreditó como auténtica universidad de la montaña.