LEÓN EN VERSO
Fogosos
Los concejales más mozos de aquel gobierno socioleonesista que mandó llover en León durante la última década buscaron un lugar conveniente para reservar aparcamiento; un punto distinguido, que les permitió acercar el coche a los abrevaderos, según prescriben los médicos que desaconsejan caminar de madrugada con el hígado empapado en gintonic y las piernas cargadas de tanta uva que se pisan en Cascalerías y San Martín. Heredaron aquellos privilegios ediles de otros gobiernos, y los apuntalaron con señales verticales y balizas en la esquina esa de San Marcelo que los políticos terminaron por arrebatar a la gente, al votante, al vecino; al que visita la ciudad. Otro ejemplo de los que saltan del rosario de gestos que contribuyen a elevar la popularidad de los concejales entre el populacho, al que desprecian con gestos de antes de Primo de Rivera, y que definían las relaciones de la aristocracia con el vulgo, la señora con la sirvienta, el amo con el criado. De la reforma de aparcamientos que consolidó los privilegios en la plaza más céntrica de la ciudad dio la voz Chamorro, que un día fue al parquímetro y se le apareció un enviado especial de Martín Muñoz con detalles de la nueva relación que obliga en la zona a vasallos y señores. Desde entonces, los concejales que trasnochan regresan de la manada por la calle Teatro como los miuras por Estafeta, despreocupados del lugar donde dejaron la montura la mañana anterior, antes de refugiarse de la resaca en el pleno de fin de mes o en la cita semanal de la junta de gobierno. Con el ego crecido por las reverencias que pulen los Lotusse sobre el mismo empedrado que hasta hace dos años les salpicaba los náuticos, en el ideario político de los representantes del pueblo está bajar del coche y lanzar las llaves al pecho del botones. Al paso que avanzan los acontecimientos no tardarán en hacer real ese trastorno.
A la hora que la patrulla verde aporrea con la normativa del horario de cierre las puertas de los garitos, al barrendero se le amontonan las imágenes que vomita La Rúa; y por momentos no sabe si es un concejal de Gutiérrez el que recoge el coche de aquel prometedor diputado socialista que brotó con el edil de personal y se marchitó al tiempo que la flor de Zapatero. Igual que León. Que duda profundamente si lo que diferencia la gestión es que, hoy, a la misma hora que se entra a misa antes se salía del deseo.