AL TRASLUZ
De nombre extranjero
Hay quienes consideran pintadas y grafitis un gamberrismo menor, incluso actividad disculpable, propia de jóvenes creativos. Pues no. Gamberro es el niño que le pinta bigote al retrato de la bisabuela, ese que le hizo Sorolla. Gamberro es usted cuando lleva a su familia en el coche, pongamos León— Torrevieja, y se pasa el trayecto contándoles su mili, incluida una imitación con los mofletes de los toques de corneta. La gamberrada para ser tal no ha exceder los tres grados en la escala Richter, es decir quedarse en mero meneíllo. Pero pintar o escribir sobre la pared de un edificio histórico es ya un acto vandálico, es decir, unos grados más en la escala del temblor. Veamos un ejemplo bochornoso, pero hay más. Sobre la pared de la iglesia de Palat del Rey un vándalo plasmó en grandes letras moradas: «Stalin vive». Sigue allí. Él único que se me ocurre que pudo hacerla es el actor Willy Toledo, pero desde hace meses se ha autoexiliado a Cuba y tampoco vamos a hacerle regresar para preguntárselo. Otra mano anónima, igualmente vandálica con los edificios históricos, pero con algo más de información histórica, ha añadido un no delante del «vive». ¿Stalin fue peor que Nerón? se preguntarán los lectores de Ponferrada. En el ranking de los grandes nerones del siglo XX, don José ha de figurar en los primeros puestos. ¿Tocaba la lira? Era más de balalaica. El respeto a lo público no fue un invento burgués, viene de mucho más atrás. Un comunista no pinta sobre un edificio medieval, pues lo considera de todos. Pero es que ser hoy estalinista es como declararse seguidor de Fu Manchú. «Menos evolución y más trabajo» se escribía ya en Atapuerca, sin necesidad de hacerlo sobre los bisontes pintados por el compañero. Por cierto, si a los autores de los nuevos destrozos en la pasarela del Parque del Cid les pillan en la URSS de don José aún están en Siberia silbando el tema de Lara. Aunque con los que mandan ahora también se les mandaría lejos. A lo mejor el sistema educativo tendría que incorporar una asignatura llamada Civismo. ¿Stalin vive? Vale, compañero, seas quién seas, pero tatúatelo en el pecho, como aquel marinero que vino en un barco de nombre extranjero. Lo mismo era el Potemkin.