León

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Jesús Calleja ha regresado de su último desafío con mal color y el susto en el cuerpo. Más o menos como cuando los demás nos perdemos al entrar o salir de la M-30. «He pasado un miedo espantoso» ha reconocido, aunque anuncia que volverá a intentarlo. «Es que soy de León», aclaró en una entrevista a este periódico. Se ha quedado a 280 metros de conseguir tocar el ombligo terráqueo. A mi casi me gustan más sus retos fallidos, como aquel de ir a pedirle un autógrafo al Yeti. «Ha sido una pesadilla», dice. Le creemos. El valor es cualidad que adquiere su verdadera condición cuando resulta de superar el miedo, no de la inexistencia del mismo. Lo que hace un pirado carece de mérito. La valentía de nuestro paisano es auténtica y sanota. Allí abajo, ha tenido que domar su propio pánico, zarandearlo por las solapas. No es para menos, tan cerca del infierno te puedes topar con lo peor de cada casa, pongamos que con Nerón. «Hombre, un leonés.... ¿y no serás además de Ponferrada?» Y te lo preguntaría en latín, que es lengua muerta. Por eso uno prefiere practicar deportes de riesgo en que no tengas que subir ni bajar demasiado, girar en exceso o agotarte mucho. O sea, leer «Marca». No es un aventurero metafísico, de aquellos que antaño se debatían entre la intelectualidad y la acción. Lo suyo son redaños más desparpajo, o sea, con show business, pero sin por ello alejarse de la humildad, columna maestra de toda aventura verdadera. Otros se conforman con hacer espeleología por las alcantarillas del famoseo. Es un aventurero efectista, pero sin efectos especiales, pues en su caso el batacazo no se lo hubiese dado un doble, como ocurre con Indiana Jones o con Bond.

El ombligo de la tierra está en el Cáucaso, a 2.080 metros justos. Uf. Calleja y su equipo descendieron 1.600. No pudo ser esta vez. En términos de aventura, casi lograrlo también cuenta como épica. La mayoría hemos de conformarnos con desafíos extremos más accesibles, pongamos que pasear por la margen del Bernesga. Bienvenido al exterior, Calleja. El tesoro de Sierra Madre es vivir. Y poder contarlo con una sonrisa, eso ya, las minas del rey Salomón. Ya no volveré nunca a protestar cuando mi mujer me pida que baje al trastero.

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