La opinión del lector
Ya somos uno más
Nunca le estaré del todo agradecido a Raúl Arias Ramos por su adhesión a mi empeño inútil para que se le abra una calle a Enrique Salgado Gómez. Ya somos uno más. Lamento, no obstante, que no se adhiera a que desparezca la denominación de Capitán Cortés en la calle que lleva su nombre. Su único argumento expreso contra mis razonamientos es que «traería perjuicios económicos a los residentes allí domiciliados». Pero, ¿no se han cambiado decenas de calles de más longitud y con muchos más comercios (18 de Julio, Sanjurjo, Generalísimo, avda. de Madrid, etc.) sin que ello haya causado contratiempo serio alguno para sus residentes?
Raúl afirma que yo aprovecho para «despotricar» contra la Iglesia. Sin duda me ha confundido con otro. Le guardo a ella el mayor respeto, lo que no quiere decir que comulgue enteramente con sus liturgias y postulados. Ya sé que hay a quienes molesta, incluso enerva, que se esté desviado de la creencia. Sin embargo, juro que estoy siempre disponible para que ella vuelva. Si no ha llegado todavía la que me metieron con calzador, ¿qué culpa tengo yo? El hecho de centrarme en denominaciones de calles relacionados con la Iglesia, ha sido sólo como exponente de la permuta de nombres realizada en el callejero local, no con la sesgada intención que me atribuye. Pero no hay problema, señor Arias, retiro el ejemplo eclesiástico y saco a colación la permuta caprichosa de nombres genéricos que se efectuó durante mi adolescencia en las calles del barrio de San Esteban, evitando así las suspicacias.
También afirma en su carta que yo hago gala de «posiciones políticas determinadas». Me asombra y envidia su sapiencia, pues sabe al respecto más que yo. Siento enorme curiosidad de conocer dónde me encasilla. El borrado o traslado del Capitán Cortés en el callejero de León no es en modo alguno por motivos ideológicos, capricho ni de animadversión personal, sino por anomalía y adscripción contumaz a un régimen pasado nada complaciente con los derechos humanos. Mi repulsa hubiera sido la misma en el caso de que se hubiera abierto, cambiadas las tornas, una calle a las Brigadas Internacionales o a El Campesino. ¿Es que no hay sitio para una tercera hipótesis? Al parecer, por lo que respecta a la Iglesia y a la Guerra Civil, no. Y digo esto a raíz de otro encasillamiento que me hace, el de «abanderado» de la llamada «memoria histórica». Si su despectivo enjuiciamiento sobre ella es repudio a que se dignifique y esclarezca el paradero de unos seres humanos sepultados por una losa aún más pesada de silencio, olvido y abandono que la tierra ignota que les echaron encima tras ser vilmente asesinados, entonces, Raúl, ya no se trata de bandería política en juego, sino de algo mucho más profundo, por estar en distintas posiciones, no ya políticas, sino cristianas.
Un exorcista, por favor
No es una película, pero casi. Es algo más trivial en la pluma de un agnóstico con obsesión episcopal repe. Que le exorcicen, se oye a gritos por la calle. Eso se dice fácil. Pero no hay obispo capaz de hacerlo. Habría que recurrir al premio reciente Eisenhower. Ni siquiera el fervoroso cardenal Rouco. Pero «las puertas del infierno no prevalecerán». Eso está más nítido que el sol en Al Andalus, que es mucho decir, pues con frecuencia se les ve escoba en mano atizando riadas y drenando calles y jardines. Sería bueno poner una escoba también a otro andalú, el «Gordiyo» para aliviar el hambre, además del respeto que se merecen fincas y mercados ajenos. Parecía progresista el club laureado del señor Cayo por esos lares. La sombra de Guerra y Cía sigue siendo alargada en la baja España. Hemos dejado la buena literatura en la gaveta y palo apasionado al turco y su escuela. Hace bien la Iglesia en preparar exorcistas que falta hace en la lucha contra el maligno, visto como se adivina la prosa.