EL BAILE DEL AHORCADO
Leteo
Si a estas alturas han dejado pasar por alto a John Banville se habrán perdido el mejor evento —qué palabra más horrible— cultural del año en la ciudad. Y no lo digo por comparación, sobre todo porque desgraciadamente no tenemos con qué hacer el careo. Hubo un momento en el que parecía que todo iba a cambiar pero es lo de siempre. ¿Qué fue antes el huevo o la gallina? ¿Qué va por delante? ¿la ignorancia de los políticos o nuestro desinterés? Así que, entre todos, hemos llegado a la estación del páramo. Ya me lo dice mi psicólogo, que si seguimos por este camino, seguro seguro que llegamos al destino. Y nosotros hemos alcanzado el fin de ruta aunque aún no sepamos dónde queda.
Pero volvamos a Banville. Los Leteo han demostrado que con determinación se puede, se puede contagiar ilusión y mérito para que un escritor como el autor de El mar se muestre decidido a aventurarse hasta una vieja ciudad refugiada en la encrucijada de promesas frustradas para recibir un premio que nadie conoce. Bueno, casi nadie... Lo conoce Antonio Gamoneda y Fernando Arrabal, y Michel Houellebecq, y Martin Amis, y Paul Auster, y Juan Gelman, y Ledo Ivo, y Adonis, y Amélie Nothomb, y... y seguro, seguro que consiguen que el inaccesible Milan Kundera, que sigue hibernando su trágico concepto de la vida, diga al final que sí, que la dignificación cultural de unos pocos le merece arriesgarse y salir de su guarida parisina.
Así que ¡gracias!, ¡gracias! por ser tan buena gente y escribir y leer y no dejarse llevar por la fatiga, por la pereza, por la indulgencia del todo vale y del ¡a dónde vamos a llegar! mientras caminamos en la misma dirección para llegar, precisamente, hacia donde vamos. ¡Gracias! por no indultar a la desilusión y seguir, seguir a pesar de la racanería de las instituciones, de las deudas, de la escasez y la vulgaridad.
Ya vamos por el año decimotercero. Llegarán muchos más (eso espero) y todos los que hagan oídos sordos al premio Leteo se estarán perdiendo una parte fundamental de su vida, la del arte con mayúsculas: «El pasado supone para mí un refugio. Allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro», dice el escritor irlandés en El mar . Ayer me decía que el presente siempre es aburrido. Momentos como los vividos estos días en León nos permiten transformarlo y vivir para seguir recordando.