FRANCAMENTE
Privilegiados
No corren buenos tiempos para nadie, y últimamente ni tan siquiera para esa clase de privilegiados que son nuestros políticos de pisar moqueta. Arrancó esta semana con Pérez Reverte pidiendo, poco menos, que la guillotina se incluyera en la lista de medicamentos dispensados con receta médica para los que él considera herederos de una nobleza que en España no paseó su cabeza bajo el artefacto igualitario de Guillotin.
Conforme ha ido avanzando la semana las cosas no han ido mejorando para ellos. Y es que algunos parecen empeñados en cargar de razones a quienes les consideran como los culpables de todos nuestros males. Es cierto que resulta injusto meter a toda nuestra clase dirigente en el mismo saco, pero ellos, los que sufren los comportamientos indebidos de las prima donnas , deberían ser los primeros en afearles sus conductas. En cambio prefieren salvarles el culo montando gabinetes de crisis de andar por casa, de los que únicamente salen declaraciones vacías y justificaciones infantiles.
Un político lo es para cuando sopla el viento a favor, pero sobre todo, para cuando, como esta semana, vienen mal dadas. Un profesional que vive, y me imagino que muy bien, de este teatro que es la política, no puede intentar salvar el expediente como lo hizo el señor ministro de Industria pasando de puntillas en un tema tan grave como es el de la muerte en la mina de seis trabajadores.
Puedo entender que no sea plato de gusto acudir a unas cuencas que él se ha encargado de incendiar. Es de suoner que tampoco lo fue para los políticos que acudieron al funeral de los seis mineros que dejaron su vida arrancando carbón en el pozo Emilio, sabedores, como eran, del chorreo que les aguardaba, pero allí estaban.
El ministro decidió, como siempre, dar una larga cambiada a la minería, y cubrir el expediente con su ‘visto y no visto’. Peor para usted, porque desaprovechó una oportunidad única para conocer de primera mano de qué madera están hechas las gentes de las comarcas mineras. Aquí los mineros sí cumplen con sus obligaciones, aunque sepan, cada día que atraviesan la bocamina, que se están jugando la vida ejerciendo una profesión que cada vez les exige más sacrificios sin que mengüen sus peligros.
Ellos deben cumplir con su obligación, usted prefirió no hacerlo. ¿Quién es ahora el privilegiado señor Soria?