Diario de León
Publicado por
Manuel Alcántara
León

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Hay que escoger entre muchas, aunque no sepamos la que figurará en la lápida, ya que nadie puede «guardar un día para cuando no haya», que era la imposible aspiración de César Vallejo, aquel cholo que escribía versos con voz de niño castigado. Aparte de la fecha que lleva por dentro el único anillo que me he puesto en mi vida, se me han olvidado todas.

Entre los programas de festejos que se preparan para la Navidad figuran siempre las huelga de limpieza, peor no pueden sumarse a ella los que no tienen trabajo, ya que se lo impiden otros trabajadores. El día después siempre se presta a las discusiones aritméticas, ya que en determinadas casos hay menos manifestaciones que manifestantes. Aunque todos tengan razón, la cuenta no resulta razonable.

Los trabajadores de la limpieza han proclamado una monarquía higiénica y hereditaria. Nada más comprensible que lograr para sus hijos el privilegio de asegurarles una ocupación segura y para que no falten oportunidades hay que garantizarles que vamos a seguir empuercando las calles con admirable asiduidad. Van a seguir escaseando muchas cosas, pero gracias a Dios no nos va a faltar basura. ¿Cómo sorprenderse de que los encargados de luchar, de la mañana a la noche, para derrotar a los que la esparcen se organicen y luchen en cualquier parte por sus derechos? Sospechan que en cualquier ayuntamiento hay más asesores y consejeros que no huelen la política, que servidores de la higiene. Sucede, con diferencias de grado, pero no de esencia, en muchas ciudades españolas, ya que algunos están bastante más limpias que otras.

El Gobierno preferiría que en todas, sin excepción, las huelgas se convocaran de noche y en los descampados, para que no las viera nadie hasta la Iglesia, cuyo retraso mortal intenta combatir el papa Francisco, admite su licitud. Incluso UPyD postula la prohibición de sobresueldos y la contratación de familiares. Los demás huyen de esas normas como de la peste y no solo se tapan los ojos, sino la nariz.

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