EL BAILE DEL AHORCADO
Hobbes
Han echado a la calle a no sé cuantos violadores y asesinos que no tienen ninguna voluntad de reinsertarse. Y lo peor es que no hay plan alguno para protegernos de ellos. Y digo protegernos porque me refiero a las mujeres y a los niños, que somos los que corremos más peligro en esta jauría de impunidad. Lo hacen mientras aprueban leyes para ponerse a salvo de humillados que no tienen otro cauce para expresar su orfandad que protestar ante las instituciones. Pagar ‘escolta’ a los asesinos para evitar nuevas muertes no, pero ellos ponen en marcha toda una batería de coacciones legales para no tener que pasar por el mal trago de que cualquier desarrapao les cante las verdades del barquero. Precioso.
Leticia Lebrato tenía 17 años cuando uno de esos bestias que acaban de salir de prisión la violó y la mató. Saco este caso a colación —hay cientos— porque, desgraciadamente, me toca de cerca. Pero, la realidad es que todos deberíamos sentirnos implicados en esta injusticia larvada en años de decadencia y cobardía, años de miseria moral en los que se ha permitido, por una herencia católica mal entendida, que el perdón y la redención prevalezcan ante la justicia en un código penal inmoral y timorato, que va en contra de la ética y de la razón y que nos obliga a preguntarnos dónde están los límites para ejercer la venganza cuando quien tiene la potestad de utilizar los resortes de la fuerza se pone del lado del crimen y deja desprotegidos a los más débiles.
¿Qué clase de legislador deja que la mujer siga siendo un bien de consumo? ¿cuál permite que los niños se conviertan en rehenes de bestias que pasan por la cárcel como método de reinserción en lugar de para pagar por su crimen? ¿Quién cree, sinceramente, que la sociedad no tiene derecho a protegerse? Estamos enfermos, enfermos de una política que se esconde detrás de la ingenuidad como herramienta para demostrar que aquí no hay nadie a salvo, que ahora mismo cualquiera puede caer en manos de uno de los criminales a los que han dejado sueltos para que vuelvan a matar, sin mostrarnos siquiera su cara de animales, defendiendo su libertad de acción al tiempo que coartan la nuestra. ¿Dónde está la sociedad civil? ¿Por qué el ministro de Interior tiene derecho a que le paguemos protección con nuestros impuestos mientras la próxima víctima sigue indefensa?