Diario de León
Cristina Fanjul
León

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La verdad es que no me apetece escribir porque sé que ya no queda nada que decir, que seguir hablando es de cobardes y que llega un momento en el que la palabra pierde sentido. De tanto repetirla se vuelve vacía, insensible, irreconocible; de tanto repetirla, desaparece, o se vuelve un habitante extraño en un lenguaje poblado de uniformidad, de disfraces, de carambolas dialécticas con el que nos aturden, con el que nos anestesian para que no tengamos capacidad de reacción.

El AVE llegará a León en 2014, no, en 24 meses, en 2015, pero se tardará dos años en disponer de la electrificación, así que hagan cuentas, no va más, que poco a poco van pasando los años, y nuevas generaciones llegarán en el caos de la historia, y no sabrán ya lo que era aquello de la alta velocidad, ni puñetera idea, y, entonces, volveremos a poner en marcha los plazos de narcotización, y así sucesivamente, que la vida se pasa en un santiamén y, al final, lo que uno quiere es que sus hijos coman y la velocidad o el paraninfo de los congresos son lo de menos en una ciudad en la que se hacen censos de mendigos y se saca pecho por ello. Mendigos, calor y café, y ya nadie se sorprende de que se pierda el tiempo en anunciar que se pedirá el DNI a quien no tiene identidad.

«Para que no pasen la noche al raso», y el Ayuntamiento se convierte en una sección femenina de cuarta, que sólo nos falta repartir carnés de menesterosos y crear un club de señoras para la redención de analfabetos, que mientras tanto se nos olvida que la pobreza es una forma de violencia, que si pagamos sueldos millonarios a un diputado, pongamos que hablo de Morano, durante 20 años para que se haga el sueco (porque el español, en vista de sus intervenciones (cero) no debe conocerlo), la incógnita resultante es que su partido nos roba.

Y lo mismo ocurre con el PSOE, que esto no es más que una dictadura perfecta, una cárcel de ilusión democrática en la que nos van a dar pasaporte de pobreza para que no nos quejemos, para que sepamos que podemos acudir a calor y café, que no todo está perdido, que aún queda la caridad. Estamos secuestrados por un síndrome de Estocolmo vergonzante, porque si quisiéramos podríamos quitarnos las cadenas. Si dejáramos de votarles, si nos atreviéramos a ser libres, a exigir que nos devuelvan el poder, que un ciudadano vale un voto, acabando con los privilegios de los partidos de esta nueva Restauración, entonces, puede que los ayuntamientos dejaran de comprar bozales para los pobres.

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