León

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Cuando la Junta de Castilla me robó el único patrimonio que tuve, tan diminuto e insignificante que sólo tributaba por la vía emocional, me arrebató a la vez la facultad de comprender qué relación tienen la cuenta de resultados y el resplandor del crepúsculo; si el dinero que pasa por caja es directamente proporcional al número de bombillas del encendido. Llegó el momento de ver el cuajo que queda para proclamar la Navidad cuando no esperamos ninguna llamada que no sea la del teléfono de la esperanza, otro milagro que el de Cáritas, más anunciación que la Cruz Roja, ni aguinaldos que no lleven la sopa de pollo, verduras y dignidad con la que cada noche la Asociación Leonesa de la Caridad ataja la desgracia de la gente. Navidad era aquella época del año en la que se hacían altares de luces al consumismo y en un momento de enajenación mental en vísperas de nochebuena o reyes se fundía el sueldo de un mes en excesos que a partir de la Epifanía se depreciaban al ritmo del peso argentino antes de que Duhalde saltara de la Casa Rosada en helicóptero; casi como Zapatero al cerrar la puerta de La Moncloa. Navidad fue la punta del iceberg de los tiempos en que todo presupuesto tenía consigna para acosar con jamones y holganzas por un valor que ya querrían para sí los trajes de aquel presidente autonómico que se atragantó con la factura del sastre. Todo el mundo sabe de alguien que hizo calimocho y jugó al quinito con el vino caro de pijos con el que los poderosos agradecían en diciembre los favores prestados durante once meses. Navidad sería, pero con una cola del paro sonrojante y miles de familias apuntadas al programa de alimentos como única solución para poner comida en el hogar, no se llega a atisbar el sentido más cristiano de la fiesta, ni el funfunfún, la pandereta, papanoel que gatea hasta el balcón, ni el belén con burros, ni la estrella que guía a los magos; ni los peces en el río. Los escaparates convencionales no bastan para esquivar la realidad, por mucho que bombardeen con los décimos y los anuncios de sopranos con cara de haberse engullido al niño en el patio del colegio. Ahí se queda el sentido celestial y pagano del espíritu navideño. La mayoría de los leoneses no tenemos un puto duro para gastar, para consumir; ni en Navidad ni en la Cuaresma. Ni lo vamos a tener por mucho que inunden las calles con angelotes y música de Haëndel.

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