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césar gavela
León

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Hubo un tiempo en que Ponferrada tenía algo de Jartum. No el paisaje, desde luego, ni el Nilo majestuoso, ni el Islam mayoritario. Pero había un hombre que vivía en la ciudad como un gobernador británico en la colonia sudanesa. Lo vi alguna vez. Yo era niño y él un ingeniero célebre que viajaba en un coche blanco americano. Haiga que lavaban cada mañana en una calleja cercana a mi casa; la que hoy, nueva e irreconocible, se llama Padre Santalla.

Aquel hombre vivía en un recinto que casi nadie conocía. Y que hoy es bien conocido porque durante años fue la sede del Conservatorio y porque lo será de la Policía Local. Ese edificio blanco fue poco menos que inabordable durante décadas, y se veía como un gran secreto entre los árboles. Un vasto y cuidado reino de lo prohibido y de lo mejor. Propio de la Europa rica y ordenada del Benelux.

Veo esa casa ahora y no la veo. Porque prefiero recordarla o vivirla en su impenetrabilidad. Cuando era un territorio educado que hacía gozne entre la Puebla de los almacenes y los trenes y el Flores del Sil de los inmigrantes. Entonces, como tantos niños de la ciudad, siempre quería entrar en aquel predio. Cruzar la grava que había delante de la casa, en el lado en que la valla era de obra. Por aquel tiempo la sensación de aislamiento era mucho mayor porque frente a la finca no había calle ni casas, sino una carretera y una vieja serrería de la que salían camiones herrumbrosos. También una tolva de minerales que daba al ferrocarril. Allí encontrábamos algunas veces trocitos de galena argentífera.

Después de nuestras búsquedas de tan modestos tesoros, mis amigos y yo solíamos ir a espiar la casa del Belga. Lo hacíamos por el lateral, rodeado de alambres de espino. Al otro lado un guardia jurado daba vueltas y vueltas alrededor del contorno de la casa del gran jefe. Un día vimos unas adolescentes. Con sus trajes blancos, iban a jugar al tenis en las traseras del edificio. Vagamente divisamos la fascinación de sus movimientos al fondo, entre árboles y distancias tan cortas como insalvables.

Todo aquel mundo perfecto y clasista desapareció. El Belga murió y murió gran parte del esplendor de la MSP, dueña de aquel lugar y que entonces era la empresa minera privada más grande de España. Y cayó el muro del Belga, que era el de Berlín para muchos niños de Ponferrada. Pisamos al fin la hierba ilustre y llegamos hasta la casa blanca. Donde observamos un prestigio que ya estaba vacío.

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Ahora la casa del Belga afronta otro destino. Pero para muchos, cada vez menos, siempre será aquel Vaticano encalado y aristocrático. El blanco del coche y de la casa del Belga, el verde de los árboles… Ecos de una Ponferrada de mineros y de un ingeniero pulcro, extranjero y calvinista que era el hombre principal todo el alto Sil. El más minucioso y exigente.